Koldo LANDALUZE

CUATRO DÉCADAS SIN HITCHCOCK, EL MAGO QUE REVOLUCIONÓ EL SUSPENSE

Alfred Hitchcock falleció el 29 de abril de 1980 y cuarenta años después continúa siendo un referente para muchos cineastas. Maniático, ególatra, fetichista y obsesionado en alcanzar el plano perfecto, fue un genio tan complejo como polémico.

Cineastas como Jordan Peele, David Fincher, Martin Scorsese, Brian de Palma y David Lynch siempre han reconocido la influencia de Alfred Hitchcock. François Truffaut aseguró incluso que se encontraba al nivel de Kafka, Dostoyevsky y Edgar Allan Poe a la hora de describir la ansiedad del hombre. El “factor Hitchcock” también estuvo presente cuando un joven y desesperado Spielberg planteó una pregunta –«¿Qué haría Hitchcock en mi situación?»– cuando su tiburón mecánico nunca funcionaba y tuvo que recurrir a la sugerencia para advertir la presencia del gran escualo blanco.

Nacido en Essex el 13 de agosto de 1899, Hitchcock construyó una filmografía antológica a lo largo de seis décadas. Sus inicios en la época del cine mudo dejaron perlas como “El enemigo de las rubias”, en donde comenzó a labrar su peculiar capacidad para crear tensión y suspense. Además, la cinta es recordada por ser la primera ocasión en que el director hizo acto de presencia en la pantalla, una seña que se convertiría en característica de su cine. Su primer trabajo hablado fue “Chantaje”, un filme rodado originalmente en mudo y que, posteriormente, fue reeditado con sonido. Y antes de dar el gran salto a Hollywood convencido por el productor David O. Selznick –con quien firmó un contrato por cinco películas y 800.000 dólares–, dejó dos de los mejores thrillers británicos de la historia (“39 escalones” y “Alarma en el expreso”) que incluyeron dos características habituales en su cine: el espionaje y la confusión de identidades.

Con su marcha a Estados Unidos se reveló el Hitchcock más brillante, y su tarjeta de presentación fue “Rebeca” (1940), una película protagonizada por Laurence Olivier y Joan Fontaine que obtuvo once candidaturas a los Óscar. Fontaine, un año después, se llevó el premio de la Academia por “Sospecha”. Esa cinta supuso también su primer trabajo con el actor Cary Grant, con quien volvió a colaborar en “Encadenados”, “Atrapa a un ladrón” y la mítica “Con la muerte en los talones”, cuya escena del avión acosando al protagonista pasa por ser una de las más recordadas. “La soga” (1948), su primera película en color, fue también el inicio de sus trabajos con James Stewart, con quien filmó después “La ventana indiscreta”, “El hombre que sabía demasiado” y “Vértigo”. El listado de títulos también suma “Los pájaros”, “Topaz”, “Cortina rasgada”, “Extraños en un tren”, “Crimen perfecto” o “Marnie, la ladrona”, entre otros. A ello habría que sumar las grandes posibilidades que el “mago del suspense” encontró en el formato televisivo cuando llevó a cabo el espacio “Alfred Hitchcock presenta”.

El factor Herrmann

Alfred Hitchcock contó con las partituras de Bernard Herrmann durante doce años, desde que coincidieron en 1954 en “Pero… ¿quién mató a Harry?” y su música brilló en películas como “El hombre que sabía demasiado” (1955),  “Vértigo” (1958), “Con la muerte en los talones” (1959) y “Psicosis” (1960). No obstante, esta colaboración estaba condicionada por el ego subido y fuerte carácter de ambos creadores. La ruptura llegó con “Cortina rasgada” (1966).

aQUELLOS &hTab;CUATRO BREVES PERO INTENSOS días que pasó EN EUSKAL HERRIA

Alfred Hitchcock estuvo presente en el Zinemaldia de 1958, acudió para el estreno mundial de su película “Vértigo”. Además de participar en aquella sexta edición del certamen donostiarra, el cineasta aprovechó la ocasión para recorrer diferentes puntos de Euskal Herria con su esposa, la guionista Alma Reville. En su ruta descubrieron Pasai Donibane, Biarritz, Hendaia y Baiona. Durante aquellos cuatro días acudió a Gaztelubide, paseó en Rolls Royce, disfrutó del menú de Casa Cámara en Pasaia, los pasteles de Biarritz y el helado en Baiona. También visitó el cementerio de Polloe y se le recuerda en el púlpito del claustro de San Telmo. Aquel año ganó la Concha de Plata con “Vértigo”, ex aequo con Mario Monicelli, que competía con “Rufufú”. Al año siguiente, tal y como prometió, estrenó en Donostia “Con la muerte en los talones”. K. L.