Matarifes irrecuperables para la paz

Antes de rodar “Capitán Conan” (1996), Bertrand Tavernier ya había hecho una pieza magistral sobre la Gran Guerra con “La vida y nada más” (1989), protagonizada por Philippe Noiret, en el papel de un oficial dedicado a la identificación de las víctimas tras la contienda. Parece ser que tenía pendiente el tratamiento del hecho bélico en sí, y ese material lo fue a encontrar en la novela de Roger Vercel, ganadora del premio Goncourt en 1934.
“Capitán Conan” (1996) se llevó la Mención Especial del Jurado en Donostia, junto con dos premios César de entre un total de nueve nominaciones, y que fueron para la Mejor Dirección y el Mejor Actor (Philippe Torreton). No era fácil el papel de este sanguinario oficial, un hombre de pueblo convertido en matarife y que, como aclara el duro epílogo, no iba a ser capaz de adaptarse a los tiempos de paz, reconvertido en un tendero con mala salud. Atrás quedaba la campaña en el frente oriental, que se alargó incluso después del armisticio, vista en clave de alegato antibelicista.

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