Anjel Ordoñez
Periodista
JOPUNTUA

A la salud de Higía

No se puede encontrar nada más inhumano en la larga lista de crueles falacias que malvende el neoliberalismo, que el descarnado negocio de la salud. No es nuevo, no descubro nada, pero el asunto cobra especial relevancia en el contexto de crisis total en la que vivimos. Crisis económica, crisis social, crisis cultural... crisis humana. La noticia saltó la semana pasada. Estados Unidos ha comprado todas las existencias de Remdesivir (el único medicamento que se ha demostrado eficaz contra la covid-19) para los próximos tres meses, frenando el seco las expectativas de la supuesta solidaridad internacional que debe dirigir la lucha contra el patógeno. El antiviral lo fabrica el gigante farmacéutico norteamericano Gilead, y el tratamiento cuesta cerca de 3.000 euros por paciente. América primero. Bueno, primero los americanos con posibles; al resto, que les den... paracetamol.

Pero, como decía, la cuestión no es ni nueva, ni exclusiva de la pandemia. Los altos precios de los medicamentos, especialmente los que hacen frente a las enfermedades más graves, mantiene a los sistemas públicos de salud contra las cuerdas. Hasta tal punto, que el derecho universal a la atención sanitaria pende de un hilo, o, mejor dicho, de los hilos que maneja la poderosa industria farmacéutica en todo el mundo. El sistema de monopolio de patentes, validado por los estados, otorga a las principales empresas del ramo un instrumento definitivo, invencible, para controlar la cadena: el monopolio impide la competencia y como consecuencia, las empresas fijan precios abusivos, muy por encima de lo que justifican sus inversiones en investigación y desarrollo; la agenda mundial de esa investigación viene marcada, no por criterios de salud, sino por las exigentes necesidades comerciales del sector; esos astronómicos beneficios que pagan pacientes y sistemas de salud costean un poderoso aparato de marketing –por llamarlo de una manera legal– que influye con fuerza sobre los gobiernos y las legislaciones de los que dependen los monopolios.

Así, la serpiente de la Copa de Higía se muerde con fuerza la cola, y su veneno, lejos de curar, amenaza con matarnos.