Karlos ZURUTUZA
Kelbajar

HUIR ENTRE EL FUEGO Y EL INCIENSO

En vísperas de que el distrito pase a estar bajo control azerí, los armenios abandonan Kelbajar quemando sus propias casas y llorando la pérdida de uno de sus lugares más sagrados.

gara-2020-11-14-Reportaje

Maryam duda antes de prender fuego a su propia casa. La de su vecino lleva más de cuatro horas ardiendo, pero esta armenia de 38 años asegura que aún hay posibilidades de que puedan quedarse aquí, en Kelbajar. Es uno de los distritos que, según el acuerdo de paz firmado entre Rusia, Azerbaiyán y Armenia el pasado día 9, pasará a manos azeríes hoy mismo.

«Hay dos iglesias armenias antiguas en este pueblo que prueban que llevamos aquí mucho tiempo. Además, las líneas divisorias todavía no están claras», argumenta Maryam sin demasiado convencimiento. Es consciente de que se agarra a un clavo ardiendo. Situado en esa lengua de tierra entre Armenia y Nagorno Karabaj, Kelbajar era una región de mayoría azerí que ha permanecido bajo control de facto armenio desde el final la guerra de los 90 hasta hoy. Antes del alto el fuego de 1994, más de medio millón de azeríes fueron expulsados de los siete distritos colindantes con Nagorno Karabaj ocupados por las tropas armenias. Los vencedores de entonces son hoy los vencidos.

«Es la segunda vez que tengo que escapar en mi vida», lamenta Maryam, entre el crepitar de los cristales reventando en la casa del vecino. La primera fue en 1988, cuando sus padres llegaron a Ereván con ella desde Bakú, huyendo entonces de los pogromos infligidos sobre los armenios a orillas del Caspio. Aquellos incidentes fueron el pistoletazo de salida de la guerra entre ambas exrepúblicas soviéticas así como el primer eslabón de esa cadena de intercambios de población que vaciaron Armenia de azeríes y Azerbaiyán de armenios.

Como la mayoría de las casas en Kelbajar, Maryam también construyó la suya sobre los muros desnudos que dejaron atrás una familia azerí. Su marido y su hijo mayor fueron movilizados a finales de setiembre, nada más comenzar la ofensiva. Todavía no han vuelto, pero Maryam dice que están bien. Ayer mismo, Armenia reconocía de forma oficial la pérdida de más de 2.300 soldados en la guerra.

Los dos hijos pequeños de la pareja están con los abuelos en la aldea de Jil (Armenia) desde el 4 de octubre. La mayoría en Jil también fue un día azerí, y es cuestión de horas que el último armenio abandone Kelbajar. En este pueblo donde vivían 200 familias hasta ayer, los saqueadores superan ya en número a los residentes. Llegan de localidades vecinas de Armenia o Karabaj y arrancan desde puertas y ventanas hasta cableado eléctrico, como si de un trabajo cualquiera se tratara, pero siempre esquivando las cámaras. Su paso también es patente a primera vista en el edificio del Ayuntamiento, aunque dentro de la estancia nadie se haya molestado en llevarse la agenda del alcalde que reposa sobre su mesa, una caja de mascarillas o esa hermosa bandera armenia con flecos dorados en un mástil de madera.

Seguimos buscando a los últimos de Kelbajar entre casas ardiendo: aquí la de Alexander Kanajian, allá la de los Sarkissian… Conocemos los nombres de sus dueños gracias a Vahagan, un transportista jubilado que ha venido a ayudar a su hermano Hajik a empaquetar antes de largarse. En el inglés que aprendió en 25 años trabajando en Australia, Vahagan explica que Hajik llegó hace 13 a Kelbajar y que ha sobrevivido en estos valles «solo y sin molestar a nadie».

«Yo volví de Sidney hace año y medio creyéndome las promesas de Nikol Pashinián (primer ministro de Armenia), pero ahora ya sé que tanto él como el resto de los políticos son la misma mierda», sentencia el armenio, mientras protege con cartón y cinta adhesiva los cuatro radiadores que han rescatado de la pared. Su hermano está ocupando con las dos colmenas.

A unos cien metros de allí, un perro ladra histérico atado a una cadena que amenaza con desnucarle. Su dueño dice que no quiere hablar, pero lo acaba haciendo: llegó a Kelbajar hace 13 años, construyó él mismo esa casa que ahora vacía a contrarreloj y estaba a punto de hacerse un baño nuevo justo cuando empezó la guerra. «Al menos no he tirado el dinero en eso». ¿Quemará la casa antes de irse? «¡Claro!», afirma.

«Energía pura»

La carretera que atraviesa el valle es un rosario de coches cargados con lo rescatado o lo saqueado: desde un tresillo completo en la baca de un renqueante Lada hasta esos nudos de cables de alta tensión en el volquete de un Kamaz. A ambos lados del camino, únicamente solitarias tejavanas dan fe de que alguna vez hubo allí una gasolinera; los restaurantes y hostales de esta zona incluida en los circuitos turísticos armenios han perdido ya todo el mobiliario, y el último generador de la central hidroeléctrica de Yerek Nut cuelga ya desde una grúa. Cinco millones de dólares se invirtieron el año pasado en esta infraestructura que llevaba luz al valle desde la corriente del río Tartar.

Un kilómetro más allá, un rebaño de ovejas bloquea la vía porque la fecha límite de evacuación también ha adelantado los pastos de invierno de la trashumancia. Desde el bosque se oye el eco ronco de las motosierras: son cientos, o más, los que se ha acercado a por leña desde Vardenis (en el lado armenio de la frontera). Andranik dice que ya no es ilegal cortarla, que sacará toda la que pueda. La leña escasea en Armenia y la temperatura en Vardenis se desplomaba ya bajo cero a primera hora de la mañana.

Los únicos que circulan a contracorriente y de forma ordenada son los convoyes de las tropas rusas. Serán ellas las que se interpongan entre armenios y azeríes en el nuevo Karabaj, pero es justo en la nueva falla entre ambos por la que está a punto de desplomarse el monasterio de Dadivank. Hablamos de un conjunto arquitectónico que da fe de la presencia armenia en la zona desde hace más de un milenio. Hoy hay más gente que nunca en este complejo de piedra que desafía la gravedad en mitad de la espesura. La mayoría ha llegado de Ereván, y en minibuses organizados con prisas. Todos son conscientes de que será su última oportunidad de encender una vela en la iglesia de San Astvatsatsin o de pasar las manos por el relieve de esas inscripciones armenias grabadas en su muro exterior que datan del siglo XIII.

Dadivank no es un lugar cualquiera para los armenios; gente como Arevik, de 30 años de edad, que vuelve diez años después de su última visita porque no sabe cuántos pasarán hasta la siguiente. O Grigory, un mecánico karabají de 62 que dice no tener intención de irse de estos valles. Se cierra definitivamente la antigua tienda de souvenirs mientras buscamos al padre Hovhannes, el abad del monasterio. Cuesta distinguir su poblada barba gris y su crucifijo de plata entre una masa que lo quiere oír y tocar por última vez. La imagen del sacerdote se hizo viral el pasado 27 de setiembre –día del inicio de la ofensiva azerí–, cuando una cuenta oficial de Twitter del Gobierno armenio publicó una fotografía suya en la que sostenía un kalashnikov con su mano izquierda y un crucifijo con la derecha. «Fe y poder», rezaba el pie de foto.

Hovhannes dice que se queda, no así los cuadros, los crucifijos y muchos otros tesoros que ha custodiado en el monasterio durante el último cuarto de siglo. Se los llevarán a Ereván, lo mismo que los dos hermosos jachkares (piedra funeraria armenia) sobre el pórtico de la iglesia. A sus 30 años, Hamvik es ya uno de los artesanos de esta piedra ritual más reconocidos del país. Ha llegado desde Ereván para participar en el proceso y evitar daños mayores a las piezas centenarias. El jachkar, dice, es «energía pura. Es lo que somos».

Ivan, ingeniero en el aeropuerto de Ereván, ha traído un saco de dormir para pasar la noche en el monasterio, aunque todavía no sabe si le dejarán. A su lado, una madre y una hija se abrazan desconsoladas antes de unirse a los últimos en abandonar el recinto. Ya en el parking, un soldado ruso embozado observa una columna de humo negro que lleva todo el día elevándose desde el fondo del valle. Era una casa levantada sobre las cenizas de otra.