Victor ESQUIROL
VERSIÓN ORIGINAL (Y DIGITAL)

El espíritu del bosque ondulado

Clásicos del calendario cinéfilo; tradiciones pseudo-navideñas. En las últimas semanas de diciembre, es decir, en la recta final del año, toca hacer retrospectiva. Llegó el momento de poner en orden los recuerdos y los gustos para confeccionar esa lista que, a fin de cuentas, nos retratará como cinéfagos. «Las mejores películas de 2020», proclamamos sin atisbo alguno de pudor o de modestia, dándonos a nosotros mismos esa importancia sin la cual, admitámoslo, seguramente no seguiríamos compartiendo pensamientos en torno al séptimo arte.

En fin, egos aparte, algunos destinamos estos días a hacer retrospectiva sobre una cosecha que, a pesar de las dramáticas circunstancias que la han rodeado en prácticamente cada momento, ha cumplido en la entrega de esa colección de títulos capaces de hacernos olvidar buena parte de las penas propuestas por esta nueva y espantosa «normalidad» pandémica. Por suerte, el cine ha estado siempre ahí, tanto en las salas como en el salón... y aquí está, sorprendiéndonos hasta el ultimísimo momento.

Ahí va otra constante que se perpetua por los siglos de los siglos: la de esos films que parece que no quieran llegar a nosotros; que se resisten a ser descubiertos. En estos días, no solo se trata de agudizar la memoria, sino también el radar, porque siguen estrenándose películas, y algunas de ellas, efectivamente, merecen figurar en el panteón de los mejores recuerdos del año. En Apple TV Plus, esa plataforma empeñada en no promocionar debidamente su propio catálogo, encontramos “Wolfwalkers”, nueva joya animada con el sello irlandés de Tomm Moore, autor de las inolvidables “La canción del mar” y “El secreto del libro de Kells” (esa dirigida junto a Nora Twomey). Como en aquellas dos propuestas (ambas, por cierto, se quedaron a las puertas de conquistar el Óscar a la Mejor Película de Animación), se impone la apuesta convencida por la tradición; por unas herramientas que parecían condenadas al olvido en estos tiempos de gloria digital de factorías tan potentes como la Pixar.

Pero no, sigue habiendo pequeños bastiones que aguantan los envites del implacable monstruo del progreso. De repente, cuando menos lo esperábamos, Tomm Moore vuelve a nuestras vidas (esta vez acompañado por Ross Stewart) para llevarnos a la Irlanda del año 1650, un territorio marcado por la imposición –externa– de un nuevo modelo de sociedad: el que concretaría el paso de la aldea a la gran ciudad. En un rincón perdido de «Isla Esmeralda», las cuadrículas de un pueblo amurallado amenazan con extenderse a través de una llanura que, hasta ese momento, estaba dominado por las hipnóticas ondulaciones trazados por una masa forestal infinita. El paraíso terrenal, ese sitio ahora olvidado en el que pervivía la magia, está en peligro de extinción.

Pero el bosque no va a ceder tan fácilmente. En un último intento por esquivar el destino aciago que se le ha adjudicado, conjura sus fuerzas para expulsar del territorio a la amenaza humana: en un abrir y cerrar de ojos, de la maleza surje una horda de lobos, comandada por una mujer y una niña capaces de cambiar de piel, hasta convertirse en dos de las piezas más amenazantes de esta temible jauría.

Moore y Stewart se empapan de embrujo licántropo para contarnos un cuento que, por temática y personajes, recuerda a “La princesa Mononoke”, clásico Ghibli de Hayao Miyazaki. Esto sí, el tono prominentemente adulto de aquel otro diamante de la animación se rebaja aquí para que el conjunto pueda encontrar así la complicidad de la audiencia familiar para la que claramente ha sido concebido. No en vano, “Wolfwalkers” brilla en parte por ser una fábula que luce orgullosa su condición; que disfruta abordando con lucidez didáctica los principales conflictos con los que se va encontrando su historia.

De este modo, el feminismo se descubre como el último refugio ante (y la posible curación para) la barbarie de los hombres, y la identidad nacional se exhibe con los brazos abiertos; con una cordialidad juvenil siempre presta a afianzar una nueva amistad. Todos estos valores son ilustrados (nunca mejor dicho) con un mimo visual que solo puede ser obra del pincel más súper-dotado. Tomm Moore es, efectivamente, uno de los grandes maestros del cine de animación a nivel mundial. Bajo su dirección, la fantasía toma unos trazos y una paleta de colores que creíamos que solo podrían existir en nuestros sueños más exquisitos.