Traición y tradición
Contra la tradición se especula como frente a un acantilado en tarde de galerna. Fomentar un pensamiento político, una filosofía, un cuaderno de notas de salvamento a partir de la tradición, es intentar parar la rotación de los satélites y la dirección geoestacionaria de los planetas. Por eso cuando alguien se encocora y proclama que se ha traicionado a la tradición, los querubines cantan canciones de autoestima. Tradición, traducción, traición, tracción, transacción y así hasta la defunción por cierre del flujo de aire neuronal que alimente alguna posibilidad de cambio. O la sombra de un deicidio.
Casi todos los mitos machistas se fundamentan en una muy bien labrada, sólida y alimentada tradición que congela la vida de propios y ajenos en tiempos inmemoriales, cuando los ríos eran nítidos y en cualquier arroyo, si corría el agua, se consideraba bebible sin reparos. Ahora la tradición se lanza contra el progreso de la misma manera, pero con los ríos embadurnados de huellas y restos de demasiados tropiezos de la inteligencia contra la intolerancia. Supongamos que la tradición es la sublimación ideológica de una costumbre o una rutina que se impone de manera vertical sin apenas más justificación de que se hizo ayer. O antes de ayer. O hace un siglo.
La traición es parte de una tradición que se superpone en la cartomancia y las recomendaciones talmúdicas con organicidad y sin prevalencia. Es la fuerza de esas dos consonantes lo que las hace tan similares y rotundas en el discurso oral y tan irreverente en el escrito. Bailar es una tradición que se crece en la traición del estilo.
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