A base de silencio y risas
La muerte del Gran Comunicador Jesús Quintero se ha convertido en una suerte de confesionario abierto. Esquinado desde hace décadas por todos los poderes que convergen en el estado actual de la desinformación y la estulticia uniformada, sobreviviente de varios achaques de salud, su figura ha ido creciendo en medio del ruido a base de la utilidad zapadora del silencio y de la capacidad destructiva de la risa cuando se administra en sus dosis adecuadas.
Sin necesidad de colocar una ristra de adverbios que recarguen los adjetivos que se van cayendo de los dedos y las bocas de sus exégetas y admiradores, lo cierto es que era un periodista, un comunicador, singular, único, incomparable, fuera de toda norma, escuela o filosofía que no sea la de hacer de la entrevista un monumento a la escucha. Su largo historial radiofónico y televisivo se ha convertido con los años una suerte de museo de lo que fue posible, se hizo y hoy es imposible de reproducir. Sus programas televisivos colocaron el listón del interés, la libertad, la curiosidad y el actuar ensanchando el campo magnético de lo convencional y lo políticamente correcto.
Su espectáculo de la palabra era un compromiso ético, por lo tanto, político. Meterse en los muros de las prisiones a darles voz a condenados fue un hito insuperable. Entrevistar a personajes que no contaban con la bendición gubernamental, lo convirtió en un sospechoso habitual. El colocar en el parnaso televisivo a personajes de la calle lo calificó. Fue muy bueno en lo suyo durante muchas décadas. Además era una persona extraordinaria. He perdido un lector.

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