Velas
Se iba la luz a menudo cuando éramos críos. Entonces, a tientas, nos dirigimos al armarito donde se guardan las velas a ver quién llega antes para llevárselas a papá, que con una cerilla las prende y las coloca sobre las palmatorias que trae ama. Y para nuestro alborozo surge el mundo tembloroso y sutil de las sombras. No sé porqué pero hasta hablamos en un susurro, quizá por influjo de ese ámbito tenue y mágico en que se ha convertido nuestra casa a la luz cordial de las velas. Rodeados de oscuridad nos acogemos a la intimidad que la vela crea y nos pasmamos contemplando la llama. «En derredor de la luz / La casa sabe de la sombra /Intensamente atenta / Levemente espantada», escribe en “Vela” la portuguesa Sophía de Mello Breyner. La imagen de la vela encendida posee una gran riqueza simbólica: la vida, el tiempo, lo transitorio y leve, la memoria y, por supuesto, lo sagrado; así aparece en tantos poetas: Quevedo, Coleridge, Yeats, Rilke, Cavafis, Ajmátova…
Y la llama de la vela es la luz que ilumina y llena de matices y de misterio tantos lienzos del tenebrista barroco Georges de La Tour, pero también ese “Niño encendiendo una vela” ,de El Greco y otros muchos cuadros: Friedrich, Picasso, Dora Maar, Remedios Varó… En “La vela” escribe el venezolano Eugenio Montejo: «Escribo al lado de esta vela, / de esta vela que tiembla. / La vela erguida, contra el mundo, arde / y en mi cuaderno lenta se demora / su luz atea». Andrés Sánchez Robayna ha escrito “Borrador de la vela y de la llama”, libro en el que nos da un fascinado paseo por poemas y pinturas en cuyo centro tiembla la modesta llama de una vela.

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