Pueblos mudos y borrados
Me costó muchos años desmontar en mi entorno y zona de influencia ese populismo que informa de que ser de pueblo era un mérito y, como ciudadano urbanita sin remedio, lo enfrentaba a un concepto hoy cargado de nostalgia que era ser, estar o trabajar para el pueblo como concepto político. ¿Qué es en este momento ser o sentirse parte de un pueblo? Un tipo que cantaba aquello de la transición que tanto nos ayudó a beber cerveza en botellines, «habla pueblo, habla, tuya es la palabra», se presenta en nombre de una Castilla La Mancha vaciada para optar a la presidencia. El pueblo, la gente, la sociedad pueden parecer en esta zona del globo vulgaridades para ahorrarnos matices y mensajes más depurados. Pero si se ve a un político israelita de origen palestino proclamar como arma de combate ideológico y sustento de la violencia militar imperialista y genocida que no existe el pueblo palestino, la cosa se pone delicada. Negar, así, en voz alta, la existencia del pueblo palestino es convertir a los palestinos y palestinas en objetos no identificados, por lo que colonizar sus territorios históricos, acabar con sus costumbres, gastronomía o cultura, es algo normalizado exento de culpa porque lo que no existe no puede ser violentado.
Por lo tanto, y sin mayores preámbulos contextualizadores, hay que hacer una federación internacional de pueblos mudos, vaciados, borrados por los imperios y los que tienen siglos acumulados en su genética y se defienden a base de ser quienes son por su lengua, etnia, territorio y cultura que buscan ser Estados reconocidos.

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