Los muertos no tienen precio
Cada vez que los gobiernos que promueven las guerras, o tienen por costumbre involucrarse en todas, hacen cuentas de los desorbitantes gastos que las guerras suponen, y ponen cifras al coste de los letales explosivos que se lanzan y que, inmediatamente, habrá que reponer; al precio de las armas y municiones que se emplean, a toda clase de vehículos militares, a los despliegues de tropas... la factura de la guerra aumenta.
En los gastos que supone la guerra, sin embargo, no suelen incluirse las vidas humanas. En todo caso, se cuentan, o se estiman a ojo de buen cubero. Las vidas que, sin embargo, se invocan para hacer la guerra no forman parte de los presupuestos, ni aparecen en los cuadros contables. La guerra, la maldita guerra, se limita a un inventario de máquinas infernales, dinero sucio y unos cuantos canallas al frente del negocio.
Las vidas apenas son el señuelo emocional que justifique la feria militar de muestras y el interés de los inversionistas. Como cualquier materia prima barata, las vidas son reemplazables fácilmente y su ínfimo costo ni siquiera merece consignarse en los estados financieros de esta globalizada desvergüenza.
Los muertos podrán tener valor para los vivos, pero no tienen precio para el mercado.
(Preso politikoak aske)

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