Inmobiliaria santa
Topar con la iglesia o con las iglesias es una de las prácticas más habituales de un número importante de personas que salen cada día a trabajar, estudiar, pasear o encumbrarse como atleta, opinador, saltimbanqui o despiojador en corral ajeno. Ahí están con faldas y a lo loco, con alzacuellos, con luengas bravas, con corbatas de seda, abrazados a misales, vendiendo biblias, alzando el Corán más allá de los jardines el Edén o moviéndose acompasadamente frente a todos los muros sagrados o asimilados con vestimenta negra y la Torá como estandarte y guía absoluta.
Los hay con vestidos anaranjados, con olor a incienso, prácticas monacales, ejercicios físicos que alteran la conciencia y la concepción del mundo a base de la respiración, pero en todos los casos, como aseguran las estadísticas y los informes, la mayor empresa, la más grande, la que tiene más inmuebles para la especulación se llama Iglesia. Y no soy capaz de ponerle adjetivo. Porque creo que es en plural. La de Roma tiene cartera de inversiones, bancos, inmatricula edificios de manera fraudulenta y es una parte fundamental del incremento del precio de los alquileres.
Por eso las monjas, los supuestos curas y autoproclamados obispos del tinglado de las Clarisas de Belorado forman parte de un asunto inmobiliario camuflado de confitería con un adorno de última hora: la cría ilegal de perros. Todo esto sucede dentro de nuestro ámbito de convivencia, mientras los partidos políticos hablan de irrelevancias espirituales, las iglesias están a pie de tierra, en las entrañas del sistema inmobiliario y financiero.

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