No me hable de arrebatos, señor Depp
Si obviamos la tupida tradición sobre las tonterías e infortunios de la bohemia negra, si olvidamos cada ataque de tos ensangrentada, cada mirada lánguida por la ventana, quizás compremos la verborrea intensísima del regreso de Johnny Depp como director, sobre la pieza teatral escrita en 1990 por Dennis McIntyre. “Modi”, de Modigliani, avasalla con el volumen y la profundidad de los borrachos que disertan en discotecas. El guion de los Kromolowski (“El juramento”) sobrexplica todo, dibujando un evidente patrón emocional y conceptual que no llega a cumplirse nunca. Más ocupada alardeando de su excéntrico abanico de artistas -están Chaim Soutine, Maurice Utrillo, el marchante Léopold Zborowski…- que diluyendo los aparatosos grumos que repletan su argumento, esta historia se siente forzada, pero inconsecuente y banal…
…Cosida sin cuidado de largos monólogos sobre la imperativa histeria cultivada del artista (un palo en la rueda de quienes prefieran olvidar el contexto de la autoría de la película) y lo hipócrita de las “reglas del arte”. Al Pacino encabeza el que debería ser clímax del film, en un cameo con tan poca vida como dicen de los ojos pintados por el mismo Modigliani. A pesar de la atiborrada bolsa de trucos que Depp despliega, acudiendo tanto al expresionismo como al humor macho o Tom Waits, nada cae por su propio peso. Es lo que pasa cuando preferimos una buena secuencia a cámara lenta -fácil, apta para públicos analfabetos- a la tristeza insondable del esperpento.

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