Refugio
Macron acaba de desempolvar aquello de «Francia, tierra de asilo», pero con un significado completamente distinto al original. Porque tras la orden de arresto emitida por la CPI contra Netanyahu, las declaraciones del ministro francés de Asuntos Exteriores asegurando que algunos dirigentes tienen inmunidad independientemente de que el tribunal de La Haya les acuse de crímenes contra la humanidad o crímenes de guerra, han dejado patente que el primer ministro israelí seguirá disfrutando de impunidad si pisa suelo francés. En el país de las libertades, las declaraciones de Jean-Noël Barrot tampoco han provocado demasiadas reacciones a parte de las de la izquierda. Jean-Luc Mélenchon, a pesar de su jacobinismo irrenunciable y su chovinismo, ha recordado que su país no puede ser refugio de criminales y menos de líderes de países que no son miembros del Estatuto de Roma. Pero ahora que el gobierno del Chad acaba de romper sus acuerdos de «cooperación sobre seguridad y defensa» con París, no le vendría mal a Mélenchon recordar que su bien amado país, el que mantuvo su imperio colonial hasta los años 60 del pasado siglo, no sólo ha dado cobijo a criminales, sino que los ha mantenido en el poder para prolongar su hegemonía. Sí, París sigue siendo ese tipo de refugio.

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