Contra el mito
Algunos crecimos en una escuela teatral donde se decían cosas como que era preferible hacer de fascista en una obra que defendiera la democracia que de profesor librepensador en una obra de fondo fascista. Me creí y hasta me pareció comprobar que un actor o actriz prefería actuar a cobrar. Y existía un eco delirante que nos inculcaba que solamente se podía dejar una representación por la muerte propia, no por la de un familiar, aunque fuera en primer grado.
Todo forma parte de una mitología de implicaciones esotéricas que lleva a una resignación o a confundir la necesidad con la heroicidad que culmina con ese supuesto deseo que aseguran tienen los intérpretes por morir en escena. Los exégetas recurren a casos históricos, pero hace una semana escasa que Julien Arnold, un magnífico actor canadiense, murió en escena, interpretando un papel en una popular obra navideña. Además de condolencias a familiares, amigos y compañeras, quiero señalar que alguien con un prestigio televisivo tan importante, director y docente, sepa que su sitio está en esos escenarios menos rimbombantes, me reconforta con esta idea básica profesional que sabe que cada función es única e igual de importante, se celebre donde se celebre.

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