Gaizka IZAGIRRE
HERNANI
MEMORIAS DE UN CARACOL

Pasarán días hasta que se la puedan quitar de la cabeza

Adam Elliot regresa quince años después de “Mary and Max’ con una obra de arte de la “clayografía” -historia biográfica hecha con stop-motion que proviene de la combinación de “clay” (arcilla, en inglés) y “grafía”- y nos trae “Memorias de un caracol”, una de las mejores películas de animación del año.

Repleta de humor muy negro y con mucho drama, la trama se sitúa en la Australia de los años 70. Grace Prudel es una solitaria e inadaptada niña aficionada a coleccionar figuras decorativas de caracoles. Este es el punto de partida, pero la narración da un salto hacia atrás para contar, en modo flashback y utilizando la voz en off de Grace, una historia sobre el paso del tiempo, la soledad y la aceptación de uno mismo. «Nuestra infancia es como estar borrachos: todos se acuerdan de ella, menos tú», dice ella al arrancar el relato.

La técnica artesanal de stop-motion, utilizando figuras de arcilla y escenarios detallados, otorga a este filme un carácter distintivo y un enfoque muy íntimo; cada fotograma está impregnado de una sensibilidad artística única. Eso sí, olvídense de los escenarios pomposos, las purpurinas, los tonos pastel, los colorines y los algodones de azúcar. Estéticamente se sitúa en las antípodas de Disney, es más cercana a la estética gótica de Tim Burton, por ejemplo. Aquí todo es oscuro, feo, sucio y mugriento, pero posee una atmósfera que se toca, se huele y sobre todo se siente.

Visualmente estamos ante una propuesta que nos deja boquiabiertos y narrativamente es una proeza; sin embargo, lo más bello es lo que no se ve y, sobre todo, el poso que deja: probablemente pasarán días hasta que se la puedan quitar de la cabeza.