Daniel Tamayo trae las fábulas de Samaniego al XXI, en euskara y en digital
La lechera, a la que se le rompen el cántaro y los sueños camino del mercado, tiene como objetivo un «skyline» de rascacielos. Y el pastor bromista que grita «¡que viene el lobo!», parece salido de un cómic. Son las imágenes que surgen de la relectura por Daniel Tamayo de las fábulas de Félix María de Samaniego (Biasteri, 1745-1801).

¿Qué pensaría Samaniego de la actualización de sus fábulas?, podríamos fantasear al ver el libro “Alegiak”, editado por la BBK y el Museo de Bellas Artes de Bilbo, y la exposición lo acompaña y estará abierta en la sala 7 de la pinacoteca bilbaina hasta el 15 de junio. Una muestra que incluye varios ejemplares históricos de las “Fábulas”, de Félix María de Samaniego (Biasteri, 1745-1801), algunas auténticas rarezas. Teniendo en cuenta que lo que el autor buscaba era transmitir su ideario ilustrado en la tradicionalista sociedad de su tiempo, suponemos que no lo vería mal; también sabemos que escribió en verso cuentos picantes y picarescos, y que tuvo sus más y sus menos con la Inquisición.
Samaniego era un personaje fascinante: fue uno de los fundadores de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País, trabajó en proyectos para mejorar la agricultura, la producción de vino o las comunicaciones, defendió los Fueros ante la corte y vivió tiempos convulsos como la Revuelta de los Machines (1766) y la Revolución Francesa (1789). Su obra reflejaba la sociedad vasca del siglo XVIII y, con sus fábulas, lo que buscaba era aleccionar a los jóvenes del Seminario de Bergara. De hecho, han quedado para la posterioridad como ejemplos de literatura juvenil e infantil.
Publicadas por primera vez en 1787, desde entonces se han sucedido numeras ediciones, algunas con ilustraciones de artistas notables. El libro editado por el museo bilbaino parte de una traducción a euskara batua realizada por Koldo Biguri para una edición promovida en 2004 por la Diputación de Araba. Son un centenar de fábulas cortas, llevadas por Biguri a la estructura de zortziko handia.
A Daniel Tamayo las fábulas le «llegaron», de alguna manera, por casualidad, en un momento de vacío creativo. Este artista desarrolla dos líneas de trabajo, «dos vidas», en sus palabras: una, la ilustración; la otra, los cuadros sin pigmento. Es decir, cuadros digitales, repletos de colorido. «Cuando veo que un tema, sobre todo una forma de trabajar, se me agota, me entra una especie de angustia -admitió ayer-. Es como si me acercase a un abismo, casi a punto de llegar a un estado de impotencia, de vacío. En este caso, vi ese vacío y necesité tener a mano algo que me sirviese para estar en acción. Me llevaban a la mente fijaciones que he tenido a lo largo de mi vida, entre ellas el Apocalipsis, la Odisea, la primera parte del Génesis y las fábulas».
Por su cuenta, y «saltando de forma caprichosa», seleccionó cien fábulas. Las ilustraciones, en blanco, negro y rojo, optan por la simplificación. En el libro son pequeñas; en la exposición, están a tamaño real. Por cierto, dio una lección sobre el uso del color en sus cuadros: «Yo lo uso para discriminar zonas determinadas. Es lo que puede ser una paella: aquí hay un trozo de pollo, aquí otro... y para eso son los colores, para que haya constelaciones dentro de un cuadro».

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