Alas de papel
Cuando la palabra predominante es ola, cuesta asignar una relación estrecha entre el calor y el mar. Así sea por mitología o por una costumbre proveniente del ancestral deseo de acercarse a la estrellas, hay personas que dedican toda su vida a intentar volar por su propios medios. Sea de manera tangencial o metafórica, esta obsesión nos ha llevado a sufrir un vértigo político que no se corresponde ni con la realidad, ni con la coyuntura económica, porque parece que todos estos salvadores que viajaban hacia el futuro llevaban alas de papel que se han ido despegando o quemando conforme se acercaban las cuatro de la tarde de los días de ola de calor. Volar sin más apoyo que la voluntad es tarea que necesita una evolución que la especie humana no ha desarrollado, cualquier ave o mosquito tiene mucha mayor autonomía por encima del nivel del mar. O, dicho de otro modo, si nos ponemos a analizar la evolución humana es más que aceptable pensar que la ingeniería ha salvado más vidas que la medicina a lo largo de los siglos. Aunque también es cierto que puede considerarse que en estos precisos momentos históricos la ingeniería armamentística es una plaga pandémica que se representa en cuadros vivientes en todos los noticiarios donde se fijan las imágenes de la apocalipsis sin escuchar las voces de la tragedia. Vemos aviones volando a una velocidad inusitada transportando unas bombas con una capacidad de destrucción superlativa y que cuestan tanto que son una suerte de simulacro de vellocino de oro recubierto de criptomonedas. Los muertos son el coro mudo de una estadística trucada.

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