El chiste del cuñado una y otra vez

Imagínese a ese cuñado ‘‘graciosillo’’ que en una cena le cuenta un chiste. Usted se ríe una vez, pero él insiste en repetir el mismo chiste una y otra vez. El chiste perdió la gracia hace mucho tiempo (si es que alguna vez la tuvo), pero él sigue... y lo repite año tras año, sin descanso. Y otra vez, y otra... Santiago Segura es ese cuñado, y “Padre no hay más que uno 5” es ese chiste.
El éxito de la saga está ahí, no lo negaremos: desde el estreno de la primera entrega ha cosechado grandes cifras en taquilla. El sello Bowfinger International -la misma de “La infiltrada”, no hay nada más que añadir- sabe perfectamente qué teclas tocar y ha dado en la diana.
Ahora bien, en cuanto a todo lo demás, queda una constante sensación de que solo pretende cumplir con el calendario y mantener viva una franquicia que hace tiempo dejó de tener algo relevante que contar. Por suerte, esta quinta entrega parece que pondrá el punto final a la saga.
La película, como producto comercial, funciona como un reloj, no lo voy a negar... pero de los de bazar: da la hora y cumple su función, pero tampoco esperen que ofrezca nada más, ni que la pila le dure demasiado. Sabe muy bien a quién va dirigida y no se molesta en disimularlo.
Segura repite fórmula con precisión casi matemática: caos doméstico, humor blanco con toques de slapstick y un desfile de situaciones cotidianas estiradas hasta el absurdo.
Sin embargo, en el transcurso del filme se abandona cualquier vestigio de calidad narrativa, artística, intelectual o emocional. El guion no intenta construir personajes, sino coleccionar gags como si fueran cromos, y los conflictos dramáticos resultan risibles (y no en el buen sentido). Recurre una y otra vez a los mismos clichés de siempre, hasta el infinito.
Es otra vuelta en la noria de una saga que ya se parece más a una franquicia de comida rápida. El chiste del cuñado.

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