Dismorfias a granel
La dismorfia se considera una enfermedad siquiátrica que se manifiesta por una excesiva preocupación por la apariencia, o sea, vivimos en una sociedad que propicia todo tipo de dismorfias debido a la presión mediática, social, que se ejerce de manera constante sobre el cuerpo, el dinero, la ética o el éxito. Por lo tanto, vivimos en una sociedad tóxica, pero no lo sabemos porque vivimos alienados sin capacidad para analizar nuestra propia existencia, como números de una estadística cósmica bien aprovechada por todos los grandes poderes operativos.
Me ha salido un discurso setentero casi perfecto. A estas alturas del siglo XXI, ¿a qué llamamos sociedad? ¿Cuál es el perímetro de las influencias que recibimos y el de nuestro campo de experimentación? ¿Quién nos forma y quién distorsiona nuestra formación? Abro un abanico de imposible resolución en una entrega de fin de semana veraniego. A veces consulto con los posos del café para preguntarles a qué se dedica la sociología. Y tengo que mirar al techo para ver las musarañas bailando la yenka por si dan alguna pista fiable. Si aceptamos que la dismorfia es una enfermedad mental, ¿qué hace la sanidad para aliviarla? Poco o nada. La dismorfia corporal es un negocio para farmacéuticas, clínicas, herbolarios y chamanes del adelgazamiento. Y qué me dicen de la dismorfia económica, el sentirse uno que es pobre comparado con las casas que te muestran en la tele, las fiestas de cumpleaños de futbolistas de dieciocho años o bodas de corruptos. Pues nada, publicidad de apuestas de toda índole, inversiones en criptomonedas. Un magnífico timo.

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