Relojes
Tres agujas pequeñas y tres grandes, negras, en un blanco y redondo reloj de cocina; señalando cada una de las seis a distintas direcciones. Del dictatorial monoteísmo del tiempo unidireccional al reto y al juego del politeísmo temporal. Éste que acabo de describir es un conocido poema-objeto del gran Joan Brossa. Acaban de sonar las doce contundentes campanadas que iniciaban el año, aún permanecen en los rincones de mi calle restos de serpentinas y confetis, y resulta que ya nos hemos zampado la primera de las doce hojas de su calendario. En Enkarterri, entre Artzentales y Sopuerta, me topé por sorpresa el otro día con la torre de una vieja y abandonada iglesia, presidida, como es habitual, por un destartalado reloj; la vegetación que había surgido espontánea entre las junturas de los bloques de piedra trepaba hasta el reloj e invadía más de la mitad de su circunferencia inmovilizando sus agujas. Sin duda le habría gustado a Brossa. El tiempo tirano de los seres humanos, como una veloz flecha lanzada hacia ninguna parte, y el tiempo paradójico de la tierra, de la naturaleza, en las entrañas de cuyo invierno vibra lentamente la primavera. La liebre y la tortuga; aunque no es sólo, claro, una cuestión de velocidad, sino, sobre todo, de sentido. El mecánico sentido único que conduce al sinsentido del eterno despeñarse en el futuro o la caótica confluencia de todos los tiempos en un presente continuo -este momento-, humanizador. La Historia o las historias. Las mensurables ciencias exactas, ahora masivamente consumibles en dosis binarias, o la azarosa e inconmensurable y siempre indocumentada poesía. Probablemente sea éste, ese presente continuo, esa duración, el vellocino de oro o la piedra filosofal que tantos aventureros han buscado a través de eso que se ha convenido en denominar arte; e inevitablemente, del tiempo.

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