Carlos GIL
CRíTICA | Teatro

La dignidad

Teatro de texto. Teatro de ideas. Teatro clásico en su estructura dramatúrgica: casi esencial, básico, dos personajes, argumentando, en donde la dialéctica va configurando el ayer, el presente, la duda del futuro. Dos personajes que se construyen a base de diálogos, que van conformando una cimentación sólida, un antagonismo que se cruza con los discursos, porque cada una de las dos protagonistas encara una idea global de la sociedad, del devenir del ser humano en el ámbito de lo público y lo privado.

Una anarquista con más de treinta años de prisión frente a una funcionaria que puede propiciar su salida de la cárcel. Un enfrentamiento simple que se va enredando porque Mamet emplea todos sus resortes al ir sembrando de dudas todo el discurrir de ambos personajes. Quizás lo más evidente sea el primer eslabón: la necesidad de salir ya de la anarquista y la dureza del sistema, de la funcionaria aplicando leyes y subjetividades. Una apela a la lógica; la otra a la venganza. Una al exceso de su condena, de su cumplimiento convertido en venganza, de su redención por sus años de cárcel; la otra, su imposición de una delación a su compañera como probabilidad de salida, de un arrepentimiento y sumisión además de la evocación de los familiares de los policías muertos en su acción y la del sindicato de policía.

Este planteamiento es vivo. Es un dilema, es una cuestión mayor, un lugar en el que es difícil no tomar postura, y en esa asunción de verdad y decantación está implícita una visión del mundo. Pero aquí vemos otros rasgos: la conversión o simulación de la anarquista a la figura de Jesucristo para lograr sus objetivos, las trampas lanzadas por la funcionaria. Cuando todo se lleva al terreno personal, individual, parece que gana la anarquista, porque se sobrepone la dignidad a la justicia. El fin y los medios. El todo vale o la coherencia.

Y es ahí donde a veces nos perdemos, pero el texto tiene tanto encanto, es tan sugerente, tan atractivo por acercarse a un tema tan vivo que volvemos a dejarnos seducir por la actuación de las dos actrices, Magüi Mira, la anarquista, Ana Wagener, la funcionaria, cada una exacta en sus réplicas, en sus silencios, en sus actitudes gestuales. Con un final nada feliz, pero muy realista, el público se muestra alborozado porque se ha disfrutado de hora y media de teatro elemental, sustantivo, con dos actrices poderosas que dan vida a unos personajes muy bien definidos, lo que propicia una ceremonia teatral básica, inigualable en su rica simplicidad escénica y su inconmensurable potencialidad de crear reflexión en los espectadores.