«En este libro trato la montaña y mi propia relación con ella»
Gregorio Ariz es uno de los grandes exponentes históricos del alpinismo de Euskal Herria, y eso lo saben muchos montañeros. En cambio, seguramente serán pocos quienes conocen su faceta de escritor. En esta ocasión nos presenta su cuarto obra, «La muñeca del Chogolisa», de la mano de Ediciones Desnivel. Ariz nos acerca a las expediciones de hace casi tres décadas.
A Gregorio Ariz se le nota muy satisfecho y pletórico con su último libro, porque, en plan muy familiar, nos acerca a su Chogolisa, no por posesión, sino por lo especial que es para él. En la siguiente entrevista concedida a GARA, Ariz nos habla de su última obra y, como alpinista histórico que es, aprovechamos la ocasión para tratar otros asuntos relacionados con la montaña.
¿Se puede decir que se trata de un libro nostálgico? Lo digo porque la piedra angular es una expedición de hace casi 30 años.
Siempre que se habla del pasado parece que necesitamos agarrarnos al recuerdo, y suele dar la sensación de que sentimos nostalgia por los viejos tiempos. Este no es mi caso. Tengo tan buenas sensaciones y tantas historias para contar que por algún lado tenía que empezar a transmitirlo. He tardado treinta años en hacerlo, pero he unido el pasado con el presente. Como la vida de un montañero, que se puede iniciar de pequeño y terminar cuando las piernas ya no obedecen, aunque la cabeza siga vagando por esos mundos. No es un libro nostálgico.
¿Por qué has querido trasladar a un libro la experiencia vivida en aquella expedición?
Porque veo que las vivencias, con el paso del tiempo, cobran más importancia. Eso también ocurre cuando repasamos cualquier álbum viejo de fotografías, no solo vemos que éramos más jóvenes, sino que afloran los recuerdos, aquello que nos dio vida y que la sigue dando al volverlo a contemplar. En nuestro deporte hay tres fases esenciales: primero cuando planeamos la actividad, luego viene la ascensión y más tarde cuando regresa a nuestra mente. Esencialmente he querido mostrar mi relación personal con la montaña más alta que he subido en mi vida.
¿A quién va dirigida? ¿A los más jóvenes? Y lo digo porque los de cierta edad seguramente ya conocerán tu cima del Chogolisa.
No va dirigida a nadie en concreto, aunque tiene un tonofamiliar como primer componente. Seguramente los montañeros de mi época se sientan más identificados con esta lectura, y quizá los más jóvenes se sorprendan al ver cómo íbamos al Himalaya en aquellas primeras expediciones.
Por decirlo de otra manera, las expediciones de hace 30 años no tienen nada que ver con las actuales. ¿El libro es una forma de reivindicar aquellas expediciones?
Eso sí que es cierto. Tiene muy poco que ver lo de antes con lo actual. Sobre todo la tecnología y la mentalidad han cambiado tanto que da la impresión de que aquello pasó hace muchos más años que treinta. No hay nada que reivindicar, solo es la manera de dejar constancia de lo que pasaba antes de ayer.
Lo que sí se nota en las páginas del libro es que tú, por lo menos, te sientes orgulloso de haber vivido aquella época.
Siento una satisfacción enorme cuando veo que aquello no solo era alpinismo, sino que había que sumarle el componente de aventura, que normalmente estábamos solos ante el peligro, que no había las comunicaciones actuales y todo dependía de nuestras propias decisiones. Es triste ver las caravanas que se forman ahora para subir a los ochomiles y que tengan que poner policía para mantener el orden al pie del propio Everest. Ha sido fantástico poderlo hacer en aquellos tiempos.
Las cimas, en definitiva, no son más que cimas, pero la tuya en el Chogolisa tiene un carácter especial para ti. ¿Es bueno ese enganche que has pillado con el Chogolisa? A tu mujer Pili no le has escrito un libro.
Tiene un carácter especial y exclusivo porque, aunque intenté subir mayores alturas, ya que también quería ascender un ochomil, nunca lo conseguí y al final se quedó como el punto más alto que han pisados mis botas. Esto no me ha causado ningún trauma, aunque lo parezca. El Chogolisa es una montaña tan hermosa que bien merece ser mi trono junto a los cielos del Karakorum.
Pili ha tenido la suerte de participar en muchas aventuras por diferentes puntos del mundo, y el privilegio de alcanzar los 8.201 metros del Cho Oyu, cuando yo tuve que dar media vuelta y reconocer que su energía superaba la que yo tenía en aquellos momentos. Y me siento plenamente satisfecho al recordar tan excitantes vivencias.
Y te decía lo del Chogolisa porque fíjate que durante el descenso escribiste incluso que «hoy es uno de los días más felices de mi vida».
En este libro trato de esta montaña y mi propia relación con ella, pero en mi cabeza hay otras experiencias gratificantes como el Shakaur, mi primer siete mil en el Hindu Kush de Afganistán; el Dhaulagiri en Nepal; y tantas otras que sería largo de enumerar.
Aquello fue realmente como escribí en mi diario «uno de los días más felices de mi vida» porque era la compensación al esfuerzo realizado.
En el libro también dejas claro que te encanta fotografiar. Con las montañas y paisajes no pasa nada, ya que no pueden hablar, pero con los habitantes del Karakorum, ¿no crees que rompías la intimidad de los locales? Y es que por unas rupias te dejaban fotografiarles.
Creo que siempre he sido respetuoso con las personas a las que he pretendido fotografiar. Pocas veces he utilizado el dinero para esto, solamente cuando lo he creído imprescindible y siempre pensando que no violaba su intimidad. Y muchas veces he renunciado a sacar fotos si creía que con ello me entrometía en territorio privado. Procuraba pedir permiso, y algunas de esas secuencias solo quedaron grabadas en mis ojos al no obtenerlo.
Hablando de los locales, y con la excepción de tu amigo Jaffar, cuando has visitado dichos pueblos y aldeas has visto mucha pobreza y cómo morían de enfermedad, pasaste un río encima de un porteador para no mojarte, otro subía el ala delta de 20 kilos y muy engorroso... ¿No piensas que cuando vamos de expedición o de trekking, los occidentales vamos de señoritos?
Creo que para los locales es una manera digna de ganarse el sustento. En general no da la sensación de que se sientan explotados, aunque como cualquier trabajador intenten que su salario esté en relación con el esfuerzo que realizan. Actualmente todo está controlado por las agencias que organizan su funcionamiento y a mí me preocupa que, como siempre, el que más manda es el que menos trabaja, y que el más escachado siempre es el débil. Aquí, a otro nivel, pasa lo mismo.
La expedición del Chogolisa coincide con la cumbre de tus amigos Josema Casimiro y Mari Abrego del Chogori o K2. ¡Escalaron la montaña en estilo alpino en 1986! Quizás sea la mejor actividad realizada por alpinistas de Euskal Herria en los ochomiles. ¿Qué opinas de esto?
Es difícil establecer un orden, porque no es lo mismo escalar una pared con altas dificultades técnicas, que ascender un ochomil en tiempo récord de velocidad. Sin embargo, la ascensión de Mari y Josema al K2, con el estilo impecable que realizaron, ellos dos solitos con su mochila a cuestas, para mí es el momento histórico de mayor importancia alpinística realizada en Euskal Herria. Algo que nunca ha tenido el reconocimiento que se merece.
También se dio la tragedia con la muerte de 13 alpinistas en el Chogori (entre ellos tu amigo Renato Casarotto), más tarde en la expedición al G2 muere tu colega Antton Ibarguren... y te haces la siguiente pregunta: ¿Merecía la pena todo esto? Todavía un gran público se pregunta: ¿A qué váis a esas montañas? ¿Qué responderías?
Yo he vivido en la montaña las mayores alegrías y también las más amargas tristezas. Con mis propias manos tuve que enterrar el cuerpo de mi amigo Leandro, tras el accidente en el Shakaur. Pero también he visto reflejado en los ojos de mis compañeros el brillo de las lágrimas llenos de felicidad. Todo hay que ponerlo en una balanza, y en mi caso siempre se ha inclinado hacia el lado positivo. Ya sé que algunos que no entienden nuestro lenguaje piensan que en ciertas ocasiones vamos en busca de la muerte. Pero es todo lo contrario: vamos para tener vida.
Al final del libro realizas una crítica concreta a lo que se vive actualmente en ochomiles como el Everest y el Cho Oyu. ¿La montaña no es libertad? Es decir, ¿no se puede elegir el estilo que uno quiera? ¿Cuál es tu reflexión sobre el ochomilismo actual?
El ochomilismo actual es un desastre en general. Están los coleccionistas en hacer los catorce y para mí en este momento no tiene sentido, porque ya no aporta nada este dato; sobre todo subiendo por las rutas normales. Si al Gasherbrum IV se le hubiera ocurrido la idea de crecer 75 metros más y fuera un ochomil, varios de esos coleccionistas no habrían completado su lista, porque llegar a su cima está al alcance de muy pocos. Luego están los que van a un ochomil por tener una foto de la cumbre en su despacho. En su mayoría son personas con dinero pero con poco espíritu alpinístico y seguro que en su vida normal no van al monte.
Y como alpinista histórico, ¿cómo ves el alpinismo actual?
En el alpinismo actual veo muy pocos en la línea de realizar actividades que supongan innovación. Seguro que hay jóvenes con ganas de emprender este camino, pero no encuentran apoyo. Y muchos se empeñan en batir récords de velocidad como si esto fuera una carrera contra el reloj. Solo disfrutan mirando el cronómetro y lo que tenemos que hacer es pararnos, contemplar el paisaje, meter el aire de las alturas dentro de los pulmones y absorber con los ojos el mundo grandioso que tenemos alrededor.
En Euskal Herria los que practican alpinismo de élite son unos pocos. No quiero citar nombres, pero también tenemos.
Para terminar, está claro que te gusta la música clásica, ¿qué sinfonía le pondrías a tu libro?
Con una sola no basta, aunque creo que se lee pronto. Por si acaso pongo cuatro: la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, la Sexta de Beethoven, la Cuarenta de Mozart y las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Yo subí con todas ellas al Chogolisa.
Gregorio Ariz.
Desnivel
160 páginas
16,50 euros
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