Ramón SOLA
UDATE | IRUÑEKO SANFERMINAK

1939: La niña Aurelia salvó la vida ante Liebrero

Si vive todavía, quién sabe, aquella niña tendrá hoy unos 85 años. No había televisión en aquel encierro, pero la fotografía -una de las tres que se conservan del hecho- estremece todavía pasados ya tres cuartos de siglo. El toro, Liebrero, acaba de romper las tablas de un certero cabezazo y persigue a una pequeña, vestida de negro, que huye escaleras arriba, hacia las taquillas de la Plaza de Toros. La niña se llamaba Aurelia y había acudido a ver el encierro junto a sus tres hermanos y su madre. La siguiente instantánea muestra a Liebrero con la mirada fija en un grupo de personas aterradas, entre ellas una mujer en el suelo que parece herida, además de varios niños. Falta la foto final: minutos después, la fuga del morlaco terminaría junto a la entrada principal de la Plaza. Un cabo de la Guardia Civil lo mató a tiros.

Se contó, y parece lógico, que la culpa la tuvo la guerra. Aquel era el segundo encierro de 1939, después de dos años sin fiestas por motivos obvios. Aquellos tablones no debían estar en buen estado. Así que cuando, a la altura de Telefónica, un corredor citó a Liebrero, su embestida contra el vallado descuajeringó un buen tramo. Y el toro se fue a pasear. Pudo ser bastante peor, pero dicen quienes lo vieron que era un mansurrón y en esos últimos minutos de vida se portó «como un perrito».

Solo le clavó las astas a una mujer llamada Clara Herrera Herrera, a la sazón madre de la niña Aurelia, que tenía entonces entre 11 y 13 años según las crónicas. Fueron dos cornadas, en la ingle y las nalgas, que le mandaron al hospital para 34 días. Nada para lo que pudo ocurrir. La niña Aurelia lo vio todo y hasta entró en un portal de la calle Roncesvalles a pedir ayuda para su madre. Y la huida pasajera de Liebrero dejó huella en el encierro, porque el año siguiente se introdujo el actual doble vallado.