Marianito GORRI
UDATE | IRUÑEKO SANFERMINAK

Tras un par de noches, la fauna sanferminera saca su mejor cara

La bacanal iruindarra va sembrando de cadáveres la ciudad, que ya huele a muerto y, en las esquinas, peor. Son demasiadas horas y hay demasiados móviles y cámaras como para salir siempre sonriente en las fotos.

Limpica y emperifollada, de un blanco reluciente. Así suele salir la gente de su casa, del hotel, del coche o de donde quiera que broten los personajes de la estofa sanferminera. Pero en unas fiestas que se caracterizan por el ir y venir de vasos y botas -y donde la sangría y el tintorro del malo son las bebidas patrocinadoras- nadie aguanta demasiado rato tan peripuesto. Y es al perder perifollo cuando uno se convierte en la víctima de los ladrones de imágenes.

Si te topas con uno de ellos, lo más inteligente es salir corriendo. Y lo peor es dar la cara, porque luego puedes verla reproducida en las páginas del rotativo y, momentos antes del encierro, por mucho que te lo parezca no eres un toro, aunque que pongas los dedos haciendo de cuernos y te hinches de mugir. Es mucha mejor opción la de esconderse tras el «gatxetoyelmo», las gafas con bigote colgante (el otro gran tito sanferminero de estas fiestas) y cualquier otro tipo de embozo que evite el reconocimiento por parte de familiares cercanos. O, cuanto menos, disimule un poco las ojeras de oso panda.

No obstante, la crueldad de un fotógrafo obligado a esquivar borrachos a horas intempestivas para encaramarse al vallado antes de que le roben la tostada va bastante más allá de un disparo a bocajarro. También golpean a traición. Eso es algo que les encanta. Un pobre trabajador que se afana en dejar impoluto el establecimiento de madrugada, puede ser víctima de estas rapaces sin corazón.

Así, dirigiendo el objetivo con mala fe un inocente cartel que promete exquisitos helados y turrones puede quedar trastocado si se asoma la regachera por encima del pantalón. Al final, el turrón que oferta resulta escatológico y surge la duda de si será del duro o del blando.

Otra de las víctimas preferidas de los reporteros gráficos son los borrachos que duermen la mona. Tras pelear como titanes contra la vorágine sanferminera, los seres humanos se arrastran a dormitar por cualquier recoveco. En el fondo, es una llamada a la sensatez, porque de no tener piso o un colega con una cama libre, pegar ojo en las fiestas de la capital de Iruñea cuesta un potosí. El sanferminero derrotado acostumbra a derrumbarse por los hierbines y tiende a fenecer allá por la Ciudadela. Este año, sin embargo, el tiempo está demasiado perro para vivaquear en el césped. Así las cosas, hay momentos en los que un cajero es un tesoro, siempre que no huela demasiado a urea y nitrato, porque los pistoleros prácticamente no han dejado un adoquín sin mear tras el primer arreón de la fiesta. Otra opción, muy extendida en estas noches lluviosas, es dormirse encogido en el coche y, si no hay llaves, todo el parking es susceptible de convertirse en camastro. Esto incluye capós y techos, donde el chorrete pis no llega. De todos modos, conviene remarcar que quien duerme durante las fiestas no merece ningún tipo de compasión. Los sanfermines no están pensados para sestear. Para dormir, mejor quedarse en casa.