Las barracas: menos mal que al lado está el Jai Gune

Por los bastardos de Carlos III el Noble! Pocos momentos son más sufridos que acudir a las barracas con la prole, propia o ajena, después de una jornada festiva a todo lo que da la máquina. Con un sol de justicia y macerando una resaca de caballo percherón, resulta insufrible sumergirse en la muchedumbre de las barracas para dejar la cartera en los huesos a ritmo de electro-latino.
¿Subidón de adrenalina? ¿Estamos tontos o qué? Hay que estar chivanis para sacarle gusto al tostón de esperar a que la chavalería se decida a subirse a tal o cual atracción. Que en esta no, que hay cola; que aquella tampoco, porque no es lo suficientemente fuerte... Y mientras, un sudor frío nos va empapando y parece que hemos entrado en una paranoia a lo bestia en plan delirium tremens que nos hace sentir rodeados de costillas de cuto requemadas, un gorrín con cara de susto porque le han ensartado un hierro por el bull y un tipo con voz cazallera que anuncia premios que no se ve recoger a nadie.
Al menos el río Arga está cerca para darse un chapuzón urgente y recuperar la normalidad antes de perder la razón por completo. Aunque el verdadero oasis es el bien hallado Jai Gune de Gora Iruñea, que a pocos metros nos hace volver a la verdadera fiesta con su cerveza fresca y un pelotazo en condiciones. ¡Uf, salvados por la campana!

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