De tahúres y gurús
Trombone Shorty incendia la noche dedicada a Nueva Orleans encandilando al público con una exhibición de intensidad y funk. Dr. John convence a los mitómanos sin terminar de cumplir las expectativa.

Trombone Shorty es muy bueno. Y lo sabe. Quizás no tenga tan claro por qué palo musical decantarse, pero de momento se contenta con poner a rugir al personal: a nadie le amarga un dulce, y el ego es un comensal exigente. En su tercera comparecencia en Vitoria-Gasteiz, volvió a dejar constancia de que la suya es una apuesta por el espectáculo y la intensidad a todo volumen: sobre una base elemental de crudo funk-rock, evocó el sonido de Maceo Parker, Living Colour o Prince, recordó a sus paisanos Louis Armstrong («On the sunny side of the street») y Allen Toussaint («On your way down»), amagó con un tumbao salsero, cantó bastante y tocó mucho, mucho, mucho... tal vez demasiado.
Forjado en el circuito local de garitos de Nueva Orleans, Shorty es un tahúr experimentado en los juegos de manos y trucos epatantes: glissandos y picados increíbles con el trombón, virguerías con la trompeta en un registro agudo al alcance de muy pocos... y prolongaciones inverosímiles de notas que se sostienen durante minutos, gracias a su impecable técnica de respiración circular. Ovación atronadora, la duda ofende. Es un tipo simpático que busca agradar sin disimulo, y a fe que lo consigue. Si hay que liar una bien gorda para terminar, reuniendo a todo el grupo alrededor del set de batería en una batucada a doce manos... dicho y hecho. Parece querer hacerlo todo a la vez, y todo bien. Sorprendentemente, lo consigue. No duden que volverá.
Difícil papeleta le dejó a continuación a un dubitativo Dr. John. Para sostener semejante nivel se necesita más que un nombre y, aunque el de Mac Rebennack figura por méritos propios en el Rock and Roll Hall of Fame, anoche la empresa le quedó grande al artista que es hoy día. Ayudado por su habitual bastón, avanzó torpemente hasta el centro del escenario para acomodarse frente a un piano que no llegó a dominar a su gusto en ningún momento, lastrado por una digitación pastosa que devino impotencia. Por supuesto, siempre queda el gusto de oír en directo su hermosa y cálida voz, o disfrutar de un repertorio atemporal...
El carismático vocalista de Luisiana presentaba su particular y aún inédito homenaje a Satchmo, -disponible a partir de agosto- y a esa grabación se dedicó en exclusiva a lo largo del concierto, con la excepción de su clásico «Such a Night» que reservó como propina final. Un acercamiento a standards como «What a Wonderful World», «Mac the Knife», «Memories of You», «Dippermouth Blues», «Wrap Your Troubles in Dreams» y el inevitable «When The Saints Go Marchin' In» desde un prisma de soul sureño que remitía inevitablemente a la figura de Ray Charles, pero que también reservó espacio para convocar sobre el teclado a los espíritus de Fats Domino o Professor Longhair.
Para disimular con arte las borrones en la caligrafía del jefe, Bobby Floyd se esmeró a sus espaldas con el órgano Hammond -convenientemente sobreamplificado-, aderezando una troupe bastante heterogénea de escuderos, liderada por la entusiasta Sarah Morrow -autora de los arreglos- y con la participación de Raúl Romo, Roberto Pacheco y Julen Izarra en la sección de vientos, entre otros músicos locales.
En definitiva, una noche que arrojó resultados desiguales e invita a hacer una lúcida reflexión sobre lo honesto o deshonesto de las grabaciones en estudio, visto lo que muchos pueden ofrecer en un soporte fonográfico y lo que no tantos son capaces de defender en el clarificador cadalso del escenario. Muy a pesar de su propia leyenda. Los años y los excesos son implacables.

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