Un coro de otro planeta
Da igual lo maravilloso que pueda ser un pianista, un cuarteto de cuerda o una orquesta sinfónica, que nada generará en el ser humano un éxtasis semejante al que es capaz de desatar un buen coro. Al menos en el ser humano vasco, que vive eso de cantar en grupo con una intensidad poco común en otras latitudes. Los comentarios que se leyeron en las redes sociales tras el concierto del Coro Monteverdi el martes en el Kursaal oscilaron entre la locura y el despropósito. Alguno hasta aseguró haber visto abrirse el cielo y los ángeles cantando. No sé si fue para tanto, pero la actuación que ofrecieron las huestes inglesas de John Eliot Gardiner fue, desde luego, memorable. La orquesta, los English Baroque Soloists, son excelentes, pero el Coro Monteverdi roza definitivamente la perfección dentro del tipo de sonido inglés que le caracteriza. Si en algunos momentos de la cantata de Bach, como Den Tod niemand zwingend kunnt, sopranos y altos lograron detener el tiempo con un emisión de una delicadeza y pureza sobrecogedora, todo el Dixit Dominus de Haendel fue una fiesta de bravura y poderío en el que parecían no tener fin las posibilidades expresivas y de agilidad del coro. Y Gardiner es un grandísimo músico que sabe cómo extraer toda la belleza de ese grupo de voces privilegiadas. Una velada que será recordada durante mucho tiempo.

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