Matrimonios volcánicos

Perdida», el celebrado best-seller de Gilian Flynn, empezaba apuntándose, a las primeras de cambio, una conquista tremenda. ¿Hasta dónde se podía reducir algo tan complejo, intrincado y por ende jodido (es así) como el matrimonio? Pues ni más ni menos que hasta una sola pregunta: «¿Qué nos hemos hecho el uno al otro?». Pum.
Y sí, bastaron siete palabras para condensar la a priori inabarcable inmensidad de ese quizás demasiado perverso invento conocido como «la vida en pareja». «45 Years», tercer largometraje del británico Andrew Haigh es, para entendernos, una brillante disección de esa puñetera pregunta que, con tan poco, destapa tantísimo. Y como con Flynn, Mr. Haigh consigue, con elementos mínimos, resultados elevados a la enésima potencia.
Kate y Geoff (colosales Charlotte Rampling y Tom Courtenay) están a una semana de celebrar su 45º cumpleaños de bodas. Como suele suceder en cada casa, la tranquilidad es mera apariencia. Una capa artificial que tarde o temprano dejará salir (por puro colapso) toda la mierda que ha ido ocultando. Una revelación, una sospecha, un silencio inoportuno... todo puede convertirse en el detonante de una bomba de relojería de efectos devastadores.
La tragedia se va mascando hasta una de esas rectas finales que, de tanta desolación, prometen remover las entrañas durante mucho tiempo. Prodigio del encuadre, la elipsis narrativa y la contención emotiva (volcánica donde las haya), a Andrew Haigh, otro firme candidato al Oso de Oro que de paso se confirma como voz esencial del cine británico, le basta hora y media para echar por tierra, sin piedad alguna, lo que algunos (muchos) han tardado 45 años (o más) en levantar. Brutal.
Noventa minutos son los que necesita también Jayro Bustamante para que la primera participación de Guatemala en la competición de la Berlinale se salde en algo que va mucho más allá de lo digno. «Ixcanul» («volcán» en lengua maya) es un acercamiento a la comunidad indígena de dicho país. Tan directo, sincero, veraz y exquisitamente filmado que convierte ese «¿qué nos hemos hecho el uno al otro?» en una pregunta imprescindible, ahora, para comprender la mismísima condición humana. Casi nada.
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