Puñetazo dorado a la censura

Antes de que empezara la ceremonia de clausura de la 65ª Berlinale, a Dieter Kosslick, director del certamen, se le hizo la pregunta del millón: «¿Qué prefiere? ¿El glamour o la substancia?», «Aquí hemos venido tanto por una cosa como por la otra», contestó él. Vaya. Siguiente duda existencial: «¿Y qué tiene que decirle a la gente que afirma que este es un festival más político que artístico?». De nuevo, la respuesta no se hace esperar: «Pues les digo que seguramente tienen razón». Ahora sí.
Salió Darren Aronofsky al escenario del Palast y empezaron a caer unos premios que, efectivamente, confirmaron estas palabras. El Oso de Oro no se lo llevó la mejor película del concurso, pero sí la que mejor le había tomado la medida a esa conjunción entre denuncia y, faltaría más, calidad fílmica. «Taxi» es el último grito de socorro (inspirado, que no desesperado) de Jafar Panahi, un cineasta que se ha visto obligado a luchar contra la barbarie de la censura. Y qué bien se le da. En este sentido, la gloria se conquistó a base de esa frescura, movilidad y, sobre todo, creatividad que, muy estúpidamente, se intentaron recortar. Bravo por el Jurado.
La plata del resto del palmarés respondió al principio de la repartición salomónica. Esto sí, entre quienes se lo merecían. Como era de esperar, Chile no se fue de vacío. «El club», de Pablo Larraín (lo mejor que se ha visto este año en Berlín) se adjudicó el Gran Premio del Jurado, mientras que «El botón de nácar», de Patricio Guzmán, se hizo con el reconocimiento al Mejor Guion.
Los Premios técnicos se dividieron entre las poderosas «Under Electric Clouds» y «Victoria», mientras que en Dirección, hubo otro ex aequo: Radu Jude, por la sorprendente «Aferim!» y Malgorzata Szumowska por la desconcertante «Body». En cuanto a los galardones interpretativos, menos política y mucho más talento: triunfaron Charlotte Rampling y Tom Courtenay (en pie), pareja de lujo de la igualmente muy estimable «45 Years».
Más allá del brillo de los metales preciosos, una breve (y merecida) mención a aquellas joyas que, a pesar de estar alejadas del calor de los focos mediáticos, se ingeniaron para deslumbrar en sus respectivas secciones «secundarias». Una por cada cada:
En la imprevisible Berlinale Special, nos topamos con la esperadísima continuación del imprescindible documental «The Act of Killing». Con «The Look of Silence», volvemos a esa Indonesia que tiene el vergonzoso honor de haber perpetrado uno de los genocidios más espantosos de toda la historia. Más que por las cifras barajadas, por la impunidad, indiferencia y, ojo, glorificación en que ha acabado convertido dicho baño de sangre. Joshua Oppenheimer sienta en la misma sala a los verdugos y a las víctimas. Entre ellos, la miopía de la falta de arrepentimiento. En el patio de butacas, lo prometido: el más matador e indigesto de los silencios. En la mente, la peor de las certezas: el mal pervive. Y crece. Y nos mira a los ojos.
Panorama nos reservaba «A Minor Leap Down», y nos destrozó. De paso vino a confirmar las excelentes dotes dramáticas de la cinematografía iraní. Hamed Rajabi debuta con una auténtica bomba emocional. Hablamos de la depresión hecha película, del tour de force de una Negar Javaherian que nos arrastra con ella, de una dirección y escritura despiadadamente precisas... de la -brutal- seguridad de que el cine, cuando desborda emociones tan veraces, rompe todas las fronteras.
Por último, desde Forum, una obra maestra: «The Forbidden Room». El gran Guy Maddin se asocia con Evan Johnson para ir un paso más allá en su enfermizamente sublime disección de ese cine primigenio que, de repente, se descubre como la expresión artística total. Aventura de las aventuras; sueño de sueños. En versión coloreada y con un olor a celuloide quemado que no nos quitamos de encima. Es el horror y, a la vez, el éxtasis del propio milagro de la creación cinematográfica. Tan desquiciante como fundamental en todas sus capas.

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