El asesino asesinado
El dicho de «quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón», como tantos otros, no tiene ningún sentido real en la práctica. Ya ha terminado el juicio contra Eddie Routh, acusado de asesinar al francotirador Chris Kyle y su compañero de armas Chad Littlefield. Le ha caído la cadena perpetua, y de nada le han valido las atenuantes de esquizofrenia y estrés postbélico presentadas por sus abogados.
El jurado popular, que seguramente habrá visto la película «American Sniper», coincide con la postura de su director Clint Eastwood, y no ha querido entrar a valorar el estado mental de los marines que sirven en el ejército de un país que sigue a machamartillo una política exterior de lo más beligerante e invasiva. Reconocer que están trastornados, y hasta que se matan entre ellos, sería demasiado.
En la prensa he visto la instantánea que recoge el momento exacto en el que la viuda de Kyle le hace un guiño a la madre del otro marine fallecido a manos del condenado Routh. Expresa el gran consenso que existía en los EEUU para vengar las muertes de los dos héroes de guerra, sin querer profundizar una vez más en lo que hay detrás de tanta violencia acumulada desde los tiempos de los colonos que poblaron el Oeste Salvaje.
Kyle, ese veterano condecorado por matar a más iraquíes que nadie, se dedicaba a labores humanitarias en retaguardia, prestando apoyo moral a los excombatientes heridos o afectados sicológicamente. Y, para ayudar en su recuperación, se los llevaba a un campo de tiro, que es lo que hizo con el ahora condenado Eddie Routh. Lo que pasó es que al final el tiro le salió por la culata.

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