Carlos Gil
Analista cultural
GALA DE LOS PREMIOS MAX

Los Max y el mar

Lucía Lacarra, con su premio Max, anoche en Maó.
Lucía Lacarra, con su premio Max, anoche en Maó. (Carles Mascaro)

La ceremonia de entrega de la vigésima quinta edición de los Premios Max tuvo un marco muy especial: el teatro de ópera más antiguo del Estado español. Un Teatre Principal de Mahón, situado en un empinada calle de esa ciudad menorquina que se convirtió en un desfile incesante de una parte de la farándula estatal, la prensa especializada y algunas autoridades locales y regionales, con la significativa ausencia de alguien de rango importante representando al Ministerio de Cultura español, tan reticente a entender los asuntos de las artes escénicas desde una perspectiva de futuro.

Rodeados de mar, el escenario también evocaba el mar, las olas, pero la ceremonia fue, estructuralmente tan arrítmica como toda gala, y aunque los presentadores no abusaron de los comentarios previos a las nominaciones, se notó una cierta tendencia a la falta de entusiasmo. Vista en directo, no fue muy atractiva, ni sorprendente, ni tuvo momentos excesivamente emocionantes ni sorpresivos, a excepción sea dicho, de la ganadora del premio a la Mejor autoría teatral, que fue a manos de María Velasco González que tenía dura competencia y su obra, ‘Talaré los hombres de sobre la faz de la tierra’,  forma parte de los circuitos menos oficialistas.

El problema es pensar que eso vistió desde una pantalla de televisión en un salón de estar, si no se tiene nada de vinculación con algo de esta profesión, debe ser una invitación a cambiar de canal en dos minutos. La retransmisión en directo forma parte de lo que se piensa como difusión del teatro desde una perspectiva positiva, pero en estas condiciones, cuesta creer que alguien decida ir al teatro incitada por esta ceremonia. Quizás sea un efecto contrario, el de volver a reafirmarse en ese trauma en el que insisten quienes no van al teatro nunca: ‘es que ni me gusta el teatro’.

La escenógrafa y vestuarista donostiarra Ana Garay fue la primera vasca en obtener un Max, al mejor diseño de vestuario, y fue la única que al menos saludó en euskera. Porque la lista de premiados por denominación de origen fue muy variopinta, aunque en los premios sustanciales fueron producciones, actrices, directores catalanes los que acapararon más manzanas diseñadas por Joan Brossa. Y hay que recordar que no se logran por votación popular, sino por jurados, por lo que los filtros o votaciones no tienen ese marcado signo identitario de voto por paisanaje, sino que, las personas de los jurados dan desde su autoridad y conocimientos su veredicto.

Sandra Ferrús, valenciana vinculada a Euskadi ganó el Max a la Mejor autoría revelación por una obra que salió del concurso de nuevas dramaturgias que convocan los teatros referenciales de Bilbao, Gasteiz y Donostia, ‘La panadera’ que trata de una manera elíptica pero realista sobre un caso de violencia digital, una foto de una mujer en pleno acto de libertad sexual sucedido hace unos años que alguien convierte en las redes en un acoso que la lleva a la desesperación. Un buen texto, un montaje que ha tenido buena distribución y que es de esperar que tenga un nuevo impulso.

En la danza, en términos relativos es donde destacaron las creadoras vascas, siendo Lucía Lacarra la que obtuvo el Max a la Mejor interpretación femenina de danza e Iratxe Ansa e Igor Bacovich recibieron el de Mejor Coreografía, por una pieza muy bien elaborada y mucha fuerza, ‘CreAcción’.

La tendencia entre los galardonados fue a discursos personales, no muy profundos, sin excesiva incidencia en la realidad sociopolítica o cultural, aunque Juan Diego Botto, que se llevó dos premios, mandó un escrito revindicando a un Lorca al que calificó como el desaparecido en la cuneta más conocido del genocidio franquista. Y también interesante fue la intervención del director de El Espejo Negro la compañía malagueña de títeres que obtuvo el de Mejor espectáculo para público infantil, juvenil o familiar por la maravillosa ‘Cris, pequeña valiente’, que cuenta el viaje de una niña Trans y en su discurso insistió en esta circunstancia.

Un cuarto de siglo de los Premios Max, en una edición que venía afectada por los lazos de estrenos para las candidaturas debido a los retrasos que propició el covid-19, que eligió en su vocación itinerante por una isla como Menorca, y un teatro que es una preciosa bombonera, que condicionaba técnicamente, pero le dotaba de un aire más artesano, y que contó con artistas locales para el guión de la ceremonia y la presentación. La Sociedad general de Autores y Editores es la organizadora de estos Premios, los únicos que tienen alguna trascendencia más allá de lo estrictamente profesional. La realidad es que en estos momentos hay un descenso del número de espectadores que acuden a ver las obras. Esperemos que sea algo coyuntural y que el eco de esta ceremonia reavive algo las ganas de ir a ese acto único que convierte lo personal en colectivo que solamente propician el Teatro, la Danza y la Música, en secano, de manera urbana o al borde del mar.