Periodista / Kazetaria

Anari Alberdi, el peso de la memoria

La primera novela de Anari Alberdi, ‘De trigo y musgo’ (Pepitas de Calabaza, 2026), mantiene el mismo pulso trágico y existencialista de sus canciones a través de una narración definida por una imponente lírica y una panorámica reflexión que le permite observar la identidad individual y colectiva.

Anari Alberdi, en Hernani.
Anari Alberdi, en Hernani. (Jon URBE | FOKU)

Cuando al nombre de Anari (Azkoitia, 1970), firma que desde finales del siglo pasado ha construido una fascinante discografía en torno a un rock teñido de trágica melancolía, le acompaña su apellido, Alberdi, significa que estamos frente a la representación de su faceta literaria. Una disciplina que inaugura su apartado novelístico, dando continuidad a un predecesor (‘Demoliciones controladas’, 2023) consistente en reunir las letras de sus canciones, con una referencia, originalmente escrita en euskera (‘Gari eta goroldiozko’, Susa, 2022) y ahora bajo su propia traducción editado en castellano por la siempre interesante y osada editorial Pepitas de Calabaza, ligada emocionalmente a su música pero dotada de una estremecedora identidad particular. Una inmersión autobiográfica que a modo de casi dietario consigue convertir su –dolorosamente sagaz– mirada en un espejo donde se refleja por igual la incertidumbre personal y una clarividente radiografía social. Diferentes planos que convergerán, a modo de matrioska, en un semblante que, al igual que sus riffs de guitarra, actúa como estilete en busca de diseccionar la experiencia humana.

Temblorosos paisajes narrativos

La explícita referencia medioambiental utilizada en el bautizo de esta obra, además de ser una preciosa alusión a la herencia familiar depositada en la memoria de la protagonista, se trata tanto de la confirmación de estar recorriendo unas páginas de fuerte calado paisajístico, capacitadas para inocular en nuestros sentidos el contenido de esas fotografías, como de su uso con fines simbólicos. Una utilización encomendada ya desde el primer instante a unas fuertes olas que trasgreden cualquier artificial frontera urbanita, por muy bella que esta sea, para encarnar la irrupción de la crisis existencial de eso que llamamos mediana edad, que no suele ser otra cosa que la confirmación de un recorrido vital que comienza a tener más literatura a sus espaldas que en su futuro.

Portada de ‘De trigo y musgo’, de Anari Alberdi. (PEPITAS DE CALABAZA)

Ese mar embravecido, empeñado en demostrar que lo hemos pintado de azul en nuestra imaginación con el único fin de intentar apaciguar la incertidumbre que produce su inmensidad, ejerce como puerta de entrada a esta odisea en miniatura (por su extensión) que tiene como destino final cruzar la puerta de aquel granero donde descansan, perturbadores e incómodos, los recuerdos de la infancia. Una evocación que asoma en su plenitud  gracias a la argucia narrativa de llegar ‘transportados’ por un camión cargado de olivos, esos que acompañaron la niñez de la protagonista y que ahora han regenerado su poder de agitación. Un paisaje ancestral que palpita con más fuerza según disminuye su distancia geográfica.

En esa ruta de acercamiento, tal y como sucedía en aquella maravillosa película de David Lynch, ‘Una historia verdadera’, las vías secundarías acogen figuras y situaciones tan, o más, cruciales que el nudo principal. En este caso el atrezo que decora este itinerario se presenta determinante a la hora de completar la muda aflicción que carga la voz narradora, temblorosa y dañada aunque iluminada por un rasgo poético que hace de su dubitativa experiencia un monumento literario.

Un lenguaje nacido de la angustia

Por medio de pasos cortos, casi a modo de afilados aforismos listos para hacer detonar nuestra comprensión, nos acercaremos, o mejor dicho acompañaremos, a la resolución de una tarea que, lejos de significar el cierre de cualquier herida causada por las ramas del árbol genealógico, a lo sumo resulta otra forma de interpretar el diálogo con ese pasado que, acertadamente, nunca se nos presenta de forma explícita, al contrario se sumerge en un relato no escrito que sin embargo cuenta con las palabras justas para hacernos estremecer. Una vez más, aquello que se omite puede resultar tan amenazador como el grito más descarnado.

En la obra dirime el conflicto emanado por el paso del tiempo o la búsqueda de identidad, mientras en paralelo extiende una observación del contorno social 

Si bien el libro adopta la manera, por momentos, de una enumeración de juicios agrios, hay en todos ellos una cotidianidad que les exonera de cualquier hostigamiento repetitivo. Su salto constante en ese doble carril, el personal y el colectivo, un ágil movimiento que recuerda a maestros en estas lides como Cesare Pavese o Javier Egea, hace de este muestrario de visiones colaterales una exuberante radiografía social construida por cortas sentencias que transmiten una clarividencia analítica y a la vez parecen enunciadas por la lira de una rapsoda, solo así se puede calificar a espartanas oraciones como ‘En esa distancia que hay entre la primera y la tercera persona gramatical cabe toda la brutalidad del mundo’. Lejos de cualquier ensimismamiento y rehuyendo los parlamentos vociferantes, podremos comprobar que según la narración avanza, el turismo depredador, los llamados micromachismos que sin embargo contienen una pavorosa envergadura o la lucha de clases han asomado sigilosas pero determinantes para aliñar, entre ansiolíticos y evasivas varias, una angustia que nace íntima pero se conjuga en plural.

‘De trigo y musgo’ es un libro con múltiples personalidades pero también poseedor de una unidad formal muy significativa. La obra escrita por Anari Alberdi funciona como monólogo introspectivo, donde dirime el conflicto emanado por el paso del tiempo o la búsqueda de identidad, mientras en paralelo extiende una observación del contorno social. Eslabones variados –pero imposibles de disociar– convocados alrededor del peso ejercido por la herencia familiar, temática central que no única de un extraordinario libro que parafraseando a su creadora, nos hace sentir en primera persona el estrangulamiento efectuado por ‘esa vieja soga de esparto’ que es el vínculo atávico, trenzada con diferentes nudos provenientes del pasado para configurar el presente e imaginar el futuro. Incertidumbre sostenida por un estilo plúmbeo y sin embargo sumamente rico en matices, incluido un sesgo irónico donde el lector, cuando se encuentra frente a frases como ‘las botellas de vino que se beben en soledad se deberían vender en farmacias’, no sabe si su resoplido emitido es síntoma de una media sonrisa o espasmos de la punzada asestada. La creación –ya sea expresada sobre un pentagrama o el papel– de la gipuzkoarra, y este título en concreto es una manifestación primorosa de ella, es una constante oda al quebrado latido humano que se puede leer o escuchar, pero que sobre todo nace para ser sentida.