Ibai Azparren
Aktualitateko erredaktorea / Redactor de actualidad

Trump persigue a Antifa y exonera a los supremacistas

La Casa Blanca ha publicado su «Estrategia de Contraterrorismo», un documento en el que el supremacismo blanco desaparece del catálogo de amenazas y la izquierda, el movimiento Antifa y el «activismo radicalmente pro-transgénero» ocupan su lugar, equiparados con Al Qaeda y cárteles latinoamericanos.

Sebastian Gorka observa cómo Donald Trump responde a preguntas de la prensa.
Sebastian Gorka observa cómo Donald Trump responde a preguntas de la prensa. (POOL / GETTY IMAGES NORTH AMERICA | GETTY IMAGES VIA AFP)

Sebastian Gorka llevaba una medalla al pecho cuando apareció en la Casa Blanca para asistir al baile inaugural del primer mandato presidencial de Donald Trump. Se trataba de la distinción de la Vitézi Rend, una organización húngara que el Departamento de Estado de EEUU sitúa bajo las órdenes del gobierno nazi alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Nueve años después, ese hombre nacido en Londres aunque de padres húngaros, que también fue consejero de Viktor Orbán, es el principal asesor  ‘antiterrorista’ del del presidente de EEUU. La estrategia que ha diseñado ya no cuenta a la extrema derecha entre las amenazas. Quien figura ahí ahora es la ‘extrema izquierda’.

En esas dieciséis páginas, donde el National Security Council (NSC) desarrolla el ‘capítulo antiterrorista’ de la Estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre, no se nombra ni una vez al supremacismo blanco. Tampoco al neonazismo ni a grupos como Patriot Front o The Base. Llama la atención, teniendo en cuenta que Christopher Wray, director del FBI que el propio Trump nombró en su primer mandato y echó nada más volver a la Casa Blanca, había repetido al Congreso que la «principal amenaza terrorista doméstica» eran los «extremistas que defienden la superioridad de la raza blanca».

Y las cifras dan la razón a Wray. Según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, en la última década miembros de organizaciones de extrema derecha han causado la muerte en EEUU de 112 personas, frente a las 13 atribuidas a la extrema izquierda. De esas trece, diez eran agentes de policía abatidos en los tiroteos de Dallas y Baton Rouge de 2016, cuando dos veteranos afroamericanos dispararon en represalia por la muerte de hombres negros a manos de la Policía. Asimismo, el Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo enumeró el año pasado un total de 99 incidentes de extrema derecha en suelo estadounidense.

A pesar de la estadística, la estrategia de Trump prefiere apuntar a otra dirección. Así, dedica párrafos enteros a Antifa, al «activismo radicalmente pro-transgénero» y al anarquismo, y los mete a todos en el mismo saco con una etiqueta inédita en la doctrina antiterrorista de EEUU, la de «grupos políticos seculares violentos cuya ideología es antiestadounidense».

El antifascismo es una de las tres amenazas que identifica el documento, junto a los «narcoterroristas y bandas transnacionales» y los «islamistas legacy» como Al Qaeda, ISIS y los Hermanos Musulmanes, designada como «organización terrorista» en enero de este año.

De esta manera, Trump promete utilizar «todas las herramientas constitucionalmente disponibles» para «mapearlos en territorio nacional, identificar a su militancia, rastrear sus vínculos con organizaciones internacionales como Antifa y usar herramientas policiales para lisiarlos operativamente antes de que puedan mutilar o matar a inocentes». El documento añade, además, una categoría doctrinal sin precedentes, una supuesta «alianza roja-verde» entre la «extrema izquierda» y los «islamistas».

Una nueva brecha en MAGA

Una investigación de ‘ProPublica’ recogió el malestar de funcionarios actuales y antiguos del NSC, el FBI y la CIA respecto a la estrategia publicada el mes pasado. Todos ellos señalaban que esta «clasifica las amenazas en base a la política, no a las evaluaciones de inteligencia». Además, el documento menciona en hasta siete ocasiones a Joe Biden, a quien culpa de del resurgir del yihadismo o la desestabilización de África.

Bajo la administración Biden, prosigue el documento, la inteligencia espió a «católicos conservadores asistiendo a misa en Virginia», a «padres defendiendo a sus hijos en juntas escolares», a congresistas republicanos y al propio Trump. Ordena, por tanto, redirigirla hacia las «amenazas reales que ignoró», como la muerte en septiembre de 2025 del activista ultraderechista Charlie Kirk a manos, según la Casa Blanca, de «un radical que abrazaba extremas ideologías transgénero».

Según la Casa Blanca, Charlie Kirk murió a manos de «un radical que abrazaba extremas ideologías transgénero»

Esta reorientación llega además con el aparato ‘antiterrorista≈ decapitado. El Centro Nacional de Contraterrorismo, creado tras el 11-S para coordinar la inteligencia entre todas las agencias federales, lleva sin director permanente desde el pasado 17 de marzo, fecha en la que dimitió Joe Kent, ex boina verde y exparamilitar de la CIA, en protesta por la guerra contra Irán. En su carta de renuncia, señaló que «Irán no representaba ninguna amenaza inminente» y que «iniciamos esta guerra por presión de Israel y su poderoso lobby americano». Un mes después, ‘The Washington Post’ reveló que Gorka maniobraba para ocupar ese mismo puesto.

Con todo, la dimisión de Kent ha abierto una brecha en el seno de MAGA. Las tensiones entre el movimiento que aupó a Trump y su propia Administración no dejan de crecer por la política exterior del presidente, a quien los sectores más aislacionistas acusan de traicionar la agenda “America First” del presidente de EEUU.

Imagen de archivo de una protesta antifascista. (Jeremy HOGAN / SOPA Images via ZUM / DPA / EP)
Imagen de archivo de una protesta antifascista. (Jeremy HOGAN / SOPA Images via ZUM / DPA / EP)

La criminalización de Antifa

Más allá de las tensiones internas, la estrategia institucionaliza una persecución política que comenzó antes de plasmarse en un documento oficial. En septiembre de 2025, Trump firmó una orden ejecutiva declarando a Antifa «organización terrorista doméstica», una categoría que no existe en la legislación federal estadounidense. Antifa, además, no es una organización. Se trata más bien de una constelación dispersa de colectivos antifascistas sin estructura jerárquica ni dirección centralizada.

En septiembre de 2025, Trump firmó una orden ejecutiva declarando a Antifa «organización terrorista doméstica», una categoría que no existe en la legislación federal

La estrategia se enmarca, en definitiva, en el intento de Trump de machacar la disidencia política de izquierdas dentro y fuera de sus fronteras. En noviembre de 2025, el secretario de Estado Marco Rubio designó como ‘Organizaciones Terroristas Extranjeras’ a cuatro grupos europeos de izquierda, entre ellos Antifa Ost (Alemania), la Federación Anarquista Informal (Italia) y dos organizaciones griegas.

Ninguna de esas organizaciones había planeado atentado alguno contra ciudadanos estadounidenses en la última década, criterio habitual para esa designación. Una de las formaciones que celebró la medida fue Alternativa para Alemania (AfD), cuyos miembros se atribuyeron haber presionado al Departamento de Estado estadounidense para conseguirla.

La designación llegaba además mientras el país germano registraba en 2025 el mayor número de delitos violentos de extrema derecha en una década, con 1.598 incidentes notificados a la policía federal, tenía más de 400 agentes investigados por vínculos con grupos neonazis y su ejército de élite era sacudido por un escándalo interno con paracaidistas del Regimiento 26 del Bundeswehr acusados de usar saludos nazis y formar grupos neonazis.

Cárteles latinoamericanos

Además de las «amenazas» mencionadas anteriormente, son los cárteles latinoamericanos los adquieren especial protagonismo en la nueva estrategia de la Casa Blanca. Trump los designó Organizaciones Terroristas Extranjeras el primer día de su segundo mandato, equiparándolos operativamente con Al Qaeda o el Estado Islámico.

Bajo el pretexto de la «guerra contra las drogas», el Ejército ha tenido vía libre para militarizar el Caribe. El caso emblema fue la ‘Operación Absolute Resolve’, nombre que otorgaron al secuestro ilegal del presidente venezolano Nicolás Maduro, al que el documento califica de «dictador narcoterrorista aliado con Irán y Hezbolá».

Bajo el pretexto de la «guerra contra las drogas», el Ejército ha tenido vía libre para militarizar el Caribe

Para el periodista Toby Muse, autor de “Kilo” y uno de los mejores conocedores del negocio de la cocaína en Colombia, la estrategia mezcla la lucha contra el narcotráfico con objetivos en política exterior. «La guerra contra las drogas se ha utilizado con frecuencia como excusa para tomar decisiones geopolíticas», afirma en declaraciones a GARA sobre el citado secuestro de Maduro. La estrategia reivindica, en ese mismo espíritu, la doctrina Monroe, el principio del siglo XIX que reserva a EEUU el derecho de intervenir militarmente en cualquier país de América, y alardea de que los bombardeos contra embarcaciones han reducido el contrabando marítimo en un 90%, una cifra que no ha sido verificada por ninguna fuente independiente.

Muse, que lleva quince años sobre el terreno, tampoco se fía de Trump: «En cada comunicado siempre dicen que había tres terroristas en el barco. En mi vida he visto a un miembro de un grupo armado al timón de una de esas embarcaciones. Son pescadores, normalmente. Puedes decir que están cometiendo un crimen. Pero no puedes matar a alguien que no supone una amenaza para ti solo porque esté cometiendo un crimen».

Cinco frentes

La estrategia traza también un mapa de amenazas por regiones. En Oriente Medio, el foco sigue siendo Irán. En este aspecto, el documento reivindica las operaciones ‘Midnight Hammer’ y ‘Epic Fury’ contra sus instalaciones nucleares y militares, y presenta la muerte de Qasem Soleimani durante el primer mandato de Trump como modelo a seguir.

En Europa, la estrategia supedita la «cooperación antiterrorista» a que los aliados de la OTAN compartan la «evaluación de amenazas» de Washington sobre cárteles, yihadistas y «extremistas violentos de izquierda». El texto indica que «la migración masiva sin restricciones ha sido el caldo de cultivo para el terrorismo» en el Viejo Continente e insta a los ejecutivos europeos a «redescubrir los principios tradicionales de la libertad de expresión». Además, señala a la Hungría de Viktor Orbán, derrotado en abril en las urnas, como modelo a seguir.

Respecto a África, emplaza a abandonar lo que llama las «políticas neocoloniales woke» y fija como objetivo explícito la protección de los cristianos perseguidos por grupos yihadistas. Y en cuanto a Asia, identifica a las diásporas musulmanas en EEUU como objetivo prioritario de radicalización por parte de Al Qaeda e ISIS.

Según funcionarios citados por ‘The New York Times’, Gorka insiste en que «no hay lobos solitarios», instando a sus subordinados a encontrar vínculos entre extremistas extranjeros y ciudadanos de Estados Unidos para abrir vías legales de investigación. Así, la estrategia termina con una advertencia: «Si nos haces daño, o planeas hacérnoslo, te encontraremos y te mataremos».