La responsabilidad del mando único
Tiene razón Iñigo Urkullu cuando dice que usar la pandemia para el rifirrafe político está fuera de lugar, y cuando pide, como hizo ayer, «rigor y responsabilidad ante un virus global y letal». Tiene tanta razón, que es inexplicable que a continuación espetara a EH Bildu que «si fuera por ustedes seguiríamos desde marzo en confinamiento domiciliario total».
Poco rigor y mucha animosidad hay en esa afirmación, con la que quizá quiso tirar de sorna para responder a las críticas por haber relajado las restricciones cuando los datos epidemiológicos no invitan a ello. Lo que ocurre es que ese recurso irónico tiene su manual de instrucciones, y no es lo mismo que lo exhiba Andoni Ortuzar –un maestro– en un acto de partido, a que intente hacer lo mismo el lehendakari en el Parlamento en plena crisis sanitaria. No le pega al contexto, al lugar ni al personaje.
Sin embargo, ese fue el tono de toda su intervención, en la que también le dijo a Maddalen Iriarte que «ya sabemos que para usted la culpa de que exista una pandemia es del Gobierno Vasco y del lehendakari». Una hipérbole innecesaria, pues nadie le acusa de propiciar la pandemia. Otra cosa es la gestión de la misma.
Porque, como él mismo recordó, en agosto Urkullu estableció el estado de emergencia y asumió el mando único de la respuesta. No hace falta explicar cuál ha sido la evolución desde agosto; ahora, habrá que averiguar a qué se ha debido y, lo que es más difícil, para qué sirve tener el mando y qué responsabilidad acarrea.