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40 años del desastre del Challenger que desnudó a EEUU

El 28 de enero de 1986 el transbordador espacial se desintegró por completo 73 segundos después de su despegue desde Cabo Cañaveral. Debía ser una exhibición y se convirtió en un fracaso rotundo que dejó muy tocados a los optimistas Estados Unidos ‘reaganianos’.

El Challenger, al lanzarse desde Cabo Cañaveral, apenas 72 segundos antes de desintegrarse. (Bob Pearson | AFP)

Nada en la historia de Estados Unidos ha tocado tanto su imaginario colectivo como los episodios de destrucción del mito. Cuando el optimismo exagerado ha sido reemplazado por el terror, el pánico o la incapacidad de reaccionar ante hechos inevitables, incluido la tragedia.

Esta fue una tragedia, además, que no se vivía en petit comité sino en mundovisión, como correspondía a la máxima, o supuestamente tal, potencia planetaria. Este miércoles se cumplen 40 años de la tragedia del Challenger, el transbordador espacial que se desintegró en el aire.

 

Desintegrados

Lo que ocurrió se puede revivir también en un bonito documental disponible en Netflix, por ejemplo, y estrenado en 2020: ‘The final flight’, es decir, ‘El último vuelo’. 

Inicio y fin de la historia, las 11.39 de aquel día, aquellos 73 segundos en los que el Challenger se alzó e intentó coger velocidad pero explotó y se desintegró en el aire, cargándose la vida de siete personas:  Michael J. Smith, Francis Scobee, Ronald McNair, Ellison Onizuka, Christa McAuliffe, Gregory Jarvis y Judith Resnik. 

Técnicamente todo fue causado por una avería en el transbordador, señalada en varias ocasiones y nunca arreglada realmente. Se intentó resolver con ‘parches’ poco dignos de una organización a la que se suponía perfección como la NASA.

La avería había sido señalada varias veces y frente a ella solo se pusieron ‘parches’ poco dignos de lo que se esperaba de la NASA

 

Se trataba de una brecha en una junta del cohete acelerador sólido derecho del Challenger. Esto provocó una ruptura, permitiendo que el gas caliente presurizado del interior del motor del cohete sólido saliera al exterior y contactara con la estructura adyacente que conectaba con el tanque externo de combustible. 

A partir de allí, la separación de la conexión posterior del SRB derecho completó el desastre. Las fuerzas aerodinámicas destruyeron el orbitador y provocaron lo que todo el mundo vio: una desintegración (no una explosión) en el aire, entre nubes de humo y llamas, hasta precipitarse hasta el océano a una velocidad de 333 kilómetros por hora. Imposible sobrevivir a ese impacto, más que a la caída repentina en sí. 

El público que se había reunido en las cercanías del Kennedy Space Center, en Cabo Cañaveral, en la costa de Florida, al principio no entendió bien lo que estaba ocurriendo. Le costó darse cuenta de que el Challenger no estaba yendo hacia arriba sino hacia abajo. Dio paso primero a la preocupación y luego a la desesperación.

Christa, el símbolo inocente

Símbolo de aquel desastre, tragedia dentro de la tragedia, fue la figura de Christa McAuliffe: profesora en un instituto de escuela primaria, había sido elegida para aquella misión después de una larguísima selección entre todos Estados Unidos. Sus seis compañeros eran experimentados astronautas, pero ella representaba esta frontera que se iba a derribar, la de ‘cualquier persona puede ir al espacio si va bien equipada y está entrenada’.

La pobre Christa, la ‘mujer americana media’, nacida en Boston, blanca, casada y madre de dos hijos, era el modelo perfecto. Y es que la carrera para llegar antes y mejor a otros planetas, para ver la Tierra desde el espacio, la guerra a distancia entre Estados Unidos y Unión Soviética, se disputaba sobre todo a través de iconos. 

McAuliffe, profesora de instituto, representaba aquello de ‘cualquiera puede ir al espacio’ y se convirtió en el icono principal del drama

 

Unos 29 años antes había sido la perrita Laika, por parte de los soviéticos, y ahora una persona cualquiera. No la primera que pasase por la NASA, ciertamente, sino el resultado de un preciso y detallado proceso de preparación. 

La verdad es que en los 80 el sueño de ir al espacio era algo real, factible y posible. Tanto para las personas como para las autoridades. Los riesgos estaban ahí, pero parecían superables, impulsados por unos Estados Unidos en el máximo esplendor del optimismo reaganiano

Todo el mundo, sin embargo, vio a Christa y a los demás desintegrarse en la tragedia del Challenger. Los alumnos de la Concord High School en el lejano New Hampshire, la escuela donde enseñaba, y en todos los institutos americanos, y más allá de ellos todos quienes estaban en frente de una pantalla viendo la CNN, pasaron en segundos de la euforia al drama. 

Los siete del Challenger: Christa McAuliffe es la primera por la izquierda. (Photo 12 via AFP)

Esta vez no era suficiente decir «Houston, we have a problem» (de hecho, estaban en Florida y no en Texas). Lo que estaba preparado para ser un exhibición de poderío acabó en gigantesco y mortal fracaso.

¿Dónde estabas entonces?

En Estados Unidos todavía hoy nadie puede olvidar dónde se encontraba en aquel preciso momento. Es comparable, como recuerdan algunos testigos en el documental ‘The last flight’, al momentum de la muerte del presidente John Fitzgerald Kennedy, el 22 de noviembre de 1963. 

Lo que escribió el día siguiente en ‘The Washington Post’ el reportero Tom Shales en este sentido es muy potente: «No nos dimos cuenta de lo que estaba realmente ocurriendo hasta verlo seis o siete veces por televisión, analizado en cada frame».  América al desnudo, frente al mundo entero, con sus debilidades y sus fallos: no invencible ni menos aún todopoderosa. A veces ocurre, aunque se intente disimular de mejor o peor manera.