A fondo
Lehman Brothers

El lunes 15 de septiembre de 2008 ha quedado marcado en la historia para siempre. El banco de inversión Lehman Brothers anunció su quiebra y, con ello, puso simbólicamente la alfombra para que empezara a caminar una profunda crisis mundial. Todavía hoy, sus efectos siguen presentes.

Alberto CASTRO|GARA
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En este caso, el Gobierno de EEUU se hizo a un lado, lo que no había ocurrido días antes cuando intervino con más de 187.000 millones para salvar a Fannie Mae y Freddie Mac.

Lehman Brothers era el cuarto banco de inversión en Estados Unidos tras Goldman Sachs, Morgan Stanley y Merrill Lynch. Fue fundado en 1850 por los hermanos Henry, Emmanuel y Mayer. A lo largo de su historia fue capaz de sobrevivir a situaciones extraordinariamente complicadas, como la Guerra Civil, varias crisis bancarias y la Gran Depresión de 1929.

El tiempo ha demostrado que la avaricia, los derivados complejos, la colaboración de las agencias de calificación crediticia y las maniobras contables para ocultar el endeudamiento de la entidad precipitaron la entidad al abismo.

Lehman Brothers puso punto final a su dilatada historia al declarase en quiebra después de los intentos fallidos de encontrar un comprador. Su gigantesca deuda, de 613.000 millones de dólares, y la decisión del Gobierno de no dar ayudas públicas terminaron cavando su tumba. Y, lo que fue peor, su caída avivó el fuego de una crisis financiera que se extendió por todo el mundo y terminó convirtiéndose en una profunda crisis de la economía real, todavía no superada.

El origen de su desplome no tiene ninguna duda: la apuesta por las hipotecas subprime. La alocada carrera para amontonar gigantescas cantidades de títulos respaldados por las hipotecas se frenó de forma abrupta en 2008, cuando los hipotecados dejaron de pagarlas. Estos impagos, que ya habían hecho quebrar en 2007 a diferentes sociedades hipotecarias, fueron el principio del fin para el banco.

El hundimiento del mercado inmobiliario estadounidense también afectó al resto del mundo, donde se vendieron productos de inversión, integrados por subprime, convenientemente empaquetados para lograr buenas notas de calidad crediticia. El contagio alcanzó al mercado interbancario, que se quedó bloqueado por la desconfianza entre las propias entidades financieras, obligando a los bancos centrales a inyectar liquidez y bajar los tipos.

En los primeros meses de 2008 Lehman Brothers se enfrentaba a grandes pérdidas y trataba de frenar la hemorragia financiera con la venta de activos y un plan de ajuste de la plantilla. Pero ni así: el valor en bolsa caía más de un 70% en el primer semestre.

Ninguna de las medidas de saneamiento iba a cambiar el sino del banco. No obstante, aún veía posibilidades de mantenerse a flote en los primeros días de setiembre si convencía a Bank of America o Barclays para lanzar una oferta de compra. Finalmente, las negociaciones fracasaron y la única alternativa fue la liquidación. En esta ocasión, el Gobierno estadounidense se hizo a un lado, lo que no había ocurrido días antes cuando intervino con más de 187.000 millones para salvar a Fannie Mae y Freddie Mac, entidades respaldadas por el propio Gobierno que engloban la mitad de las deudas hipotecarias. También acudió al rescate de AIG solo dos días después de la quiebra de Lehman. Tomó el control de forma urgente de la mayor aseguradora del mundo e invirtió hasta 180.000 millones.

Otro caso llamativo fue la salvación in extremis del banco de inversión Bear Stearns en marzo, tan solo seis meses antes de la caída de Lehman. Esa entidad financiera iba por el mismo camino, con la masiva titulización de activos, sobre todo de hipotecas, y grandes pérdidas en los últimos dos años. Pero la ayuda de la Reserva Federal, con un crédito de emergencia, fue decisiva para evitar su quiebra y hacer posible la posterior venta a JP Morgan. El secretario del Tesoro, Henry Paulson, decía estar satisfecho con el acuerdo para salvar a Bear Stearns y la política de la Fed para mantener la estabilidad financiera.

Pero la realidad fue otra, como se comprobó meses después con la bancarrota más grande de la historia en Estados Unidos y la explosión de la burbuja inmobiliaria. Le siguió la paralización del mercado de crédito, la expansión de la crisis financiera por todo el mundo y la repercusión directa en la vida de los ciudadanos con la caída del consumo, la falta de inversiones, el desempleo y la recesión.

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