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Campofrío y el «spanish way of life»

El recién estrenado anuncio de Campofrío debería de introducirse dentro del capítulo de «ofensas a España» previsto por la nueva Ley de Seguridad Ciudadana que recientemente presentó el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz. Lo tiene todo para ser castigado con una multa de entre 1.001 y 30.000 euros. No sé si molestará al discutido y discutible Estado, ya que esta es una tarea que ni siquiera el sagaz jefe de Policía y Guardia Civil ha sido capaz de definir, más allá del forrestgampiano «ofensa es el que dice cosas ofensivas». Lo que tengo claro es que  sí que debería de hacer hervir la sangre a todos sus ciudadanos decentes, que ya pueden observar en Youtube uno más de los argumentarios que nos dotan con más razones a los que queremos levantar amarras. O hacernos extranjeros, siguiendo la terminología del spot.

Para el que no lo haya visto, el anuncio, que apunta a convertirse en rancia tradición navideña como las burbujas de Freixenet, constituye una apología del analfabetismo consciente y reivindicado y hace énfasis, precisamente, en lo más paleto, zafio y caricaturizado de la #marcaespaña. Como sacado de los mejores delirios de Mariano Rajoy, que apela a la españolidad de los españoles como argumento de esperanza cuando no tiene nada más que ofrecer, el corto se regodea, cual cerdo en una cochiquera, en la moral del esclavo orgulloso de serlo como dignísima forma de vida. Reivindica la pandereta como eterna banda sonora, la sumisión y la divertida despreocupación como victoria «made in Spain», se esfuerza en cubrir miserias que tienen causas y consecuencias a través del manto de un pueril «nosotros semos así», alardea de la mala educación como «spanish-way-of-life» y se ríe a la cara de tragedias reales y sangrantes cuyos responsables tienen nombres y apellidos. Todo ello, con la irresponsabilidad del niño que se cree la leche y considera que es la profesora la que le tiene manía.

En este festival del esperpento, lo cierto es que solo he echado en falta alguna mente preclara como David Bisbal o algún ágil futbolista que, maleta en ristre en el aeropuerto de Barajas, proclamando a voz en grito que echaron en falta «la tortilla de patatas» tras algún viaje de negocios.

Como decía en Facebook Nega, cantante de Los Chikos del Maíz, el anuncio se resume en: «¿Y qué más da todo mientras HAIGA bares?» Ni con esas. Más de una década de sucesivas restricciones de horarios y vaciado masivo de las calles nos dejan la lección de que, en las calles de Madrid, los protagonistas del anuncio habrían sido expulsados del local con puntualidad británica y sancionados por alguna ley antibotellón por permanecer en el espacio público.

Que sea una empresa que cuenta con el chorizo como uno de sus productos estrella la que haya  perpetrado semejante fábula solo parece una feliz coincidencia que no debería de desviarnos de lo verdaderamente simbólico. Que una compañía que ha impuesto un reciente ERE que afecta a 1.800 trabajadores y cuyo gran capital ha pasado ya a manos de inversores chinos saque a pasear lo más paleto del patrioterismo español es lo que se asemeja más a la realidad social y política del Estado. Asegurar de modo subliminal con la música que esto es «a su manera» (a la de España, supongo) no hace sino incidir en la broma macabra. Tampoco debería de sorprender viniendo de una marca que el año pasado sacaba pecho de barbaridades como el TAV o esos aeropuertos sin aviones que ahora mismo pagamos todos, tanto quienes se envuelven en la rojigualda como quienes queremos que se quede a la prudencial distancia de nuestras mugas.

El gran problema de este anuncio es que pone de relieve que la España de Campofrío existe. Que no faltarán quienes, en alegre despreocupación y apelando al «somos buena gente», nos afeen nuestra eterna y quisquillosa crítica desde la izquierda y se engorilen ante las demandas de soberanía de esos pueblos que consideran tan españolísimos como ellos. La España de Campofrío existe bastante más de lo que a los españoles les gustaría reconocer y a nosotros soportar.

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