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Año V después de Bucarest

Bufanda comprada por aitite en la antigua tienda oficial del viejo San Mamés en otoño de 1990 tras un partido con el Castellón, 1000 pesetas; Camiseta oficial comprada antes de la semifinal de Copa con el Sevilla en 2009, 60 euros; Mochila de montaña, 45 euros; vuelo de ida y vuelta a Bucarest en menos de 24 horas, 575 euros, juega y manutención durante el día 9 de mayo de 2012, 60 euros (cambiados a Leus); entrada para ver la final de la Europa League entre el Athletic y el Atlético, 25 euros.

 

 

Y sí, no pudo ser y el Athletic no ganó una final en la que supuestamente partía con el cartel de favorito ante un Atlético de Madrid que dio inicio a la triunfal era de Simeone. No cabe duda de que fue un partido amargo, duro de digerir, cruel respecto a la trayectoria anterior y extremadamente realista. Sin embargo, hay cosas que no se pueden comprar. Porque jugar una final de la Europa League para un equipo como el Athletic y para su comunidad de aficionados es algo fantástico. Más allá de lo deportivo, lo vivido durante los meses previos y en esa misma jornada tanto en Bucarest como en Euskal Herria, no tiene precio. Porque la ilusión y los recuerdos no se compran con dinero. Quedan en un lugar más importante que las vitrinas, en la memoria e imaginario colectivo.

Llegar a la final ganando al PSG, Salzburgo, al Lokomotiv con 10, dar una exhibición en Old Trafford y superar otra vez al United en San Mamés, la remontada de Gelsenkirchen, el recuerdo de un Iñigo Cabacas al que le arrebataron todo en medio de la alegría, el entrar con un gol en el último minuto de la semifinal ante el Sporting de Lisboa el día del 75 aniversario del Bombardeo de Gernika, no tiene precio. Es imborrable. Porque los jugadores pueden valer, según las disparatadas leyes del mercado y la lógica capitalista, 40 o 36 millones, como Herrera y Javi Martínez. Se les puede comprar y vender, pero las emociones no. Surgen, explotan, se quedan y, a veces, dejan una resaca importante.

Así fue tras aquel partido de Bucarest, pero hoy tras cinco años, pese a ser una cicatriz para todo y toda hincha del Athletic, se puede decir con orgullo que "yo estuve allí" o "yo lo viví". Porque ocurrió después de 35 años y no sabemos cuándo se repetirá. A las puertas del cielo europeo... y qué bien que nos lo pasamos.

Muchos de los jugadores de aquel equipo han dejado el club, el entrenador también salió, pero la gente sigue aquí. En Bilbao o en cualquier parte del mundo, aquello se queda en la mochila vital. Fue un paso necesario, parte de un trayecto, del que devolvió la capacidad competitiva de primer nivel al club y la exigencia a su masa social.

En Bucarest se perdió un partido, como después se hizo en el Calderón, pero de aquella resaca emocional se aprendió a ganar. Así se ha comprado en el Año V después de Bucarest. De tanto llenar la mochila de ilusiones, un día San José marcó desde el centro del campo y Aduriz hizo un hat-trick. La mochila soltó lastre, las cicatrices se formaron tatuaje vital y el Athletic volvió a ser campeón. Sin aquella experiencia, no se hubiera disfrutado tanto. Y eso, no tiene precio, nunca lo tiene.

 

Beñat Zarrabeitia

 

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