Sokolov: experiencia sublime
Grigory Sokolov, piano. Obras de H. Purcell y W.A. Mozart. Donostia, Auditorio Kursaal. 16/08/2023

Por fin llegó a la Quincena el ansiado recital del pianista Grigory Sokolov. Ansiado porque tener la oportunidad de escuchar a uno de los más grandes y carismáticos pianistas de las últimas décadas siempre es una ocasión a marcar en rojo en la agenda, pero ansiado también porque traía ese programa tan especial dedicado a Purcell y Mozart –ya entraremos después en por qué era tan especial– que lleva girando por toda la península desde febrero y del que todo el mundo habla, pero que aquí aún no habíamos podido escuchar.
Ahora bien, aunque a los melómanos les pudiera el ansia –que lo hacía–, no por ello se podía pasar por alto que resultaba artística y musicalmente incomprensible que este recital tuviera lugar en el Auditorio Kursaal y no en un espacio más apropiado como el Victoria Eugenia. Obviamente, era perfectamente entendible en términos económicos y comerciales, pero supeditar la musicalidad de un genio como Sokolov a duras y frías cifras es, como poco, decepcionante.
En cualquier caso, y centrándonos en lo vivido el pasado miércoles, hay que decir que escribir esta crítica es especialmente fácil. Con copiar cualquiera de las que se han publicado en los diferentes medios en los últimos seis meses, sería suficiente, y probablemente acertado. Tiene Sokolov la extraordinaria virtud –una más de entre todas las que posee, que son incontables– de ser capaz de tal perfección, de controlar hasta tal extremo cada nota, cada pulsación, cada articulación y cada dinámica que, de seguro, cada uno de los conciertos de esta gira ha gozado de la misma pulcritud, de la misma cantidad de emoción o de la misma cantidad de energía que lo hizo en el Kursaal. Además, sin haber leído ninguna de esas críticas, se puede asegurar con total certeza que cada una de ellas no es sino una colección de loas y alabanzas tanto al sublime arte de Sokolov como a la elección del programa.
Y es que el programa –y ahora entramos en ese porqué– además de ser original, tenía un punto de atrevimiento e incluso rebeldía. Que uno de los mejores pianistas del mundo, capaz de tocar extraordinariamente cualquier pieza del infinito repertorio pianístico existente, decida dedicar nada menos que cuarenta y cinco minutos a obras de un compositor que jamás escribió para piano, tiene un cierto aire de guasa e incluso de desafío. Y hacerlo, además, de forma tan sublime, calla a cualquiera que hubiera llegado, no ya a expresar, sino siquiera pensar algún tipo de objeción.
Cada trino batido en su medida justa, a la velocidad exacta y de forma coherente con el batido de todos los demás adornos; cada retardo marcado lo suficiente para hacer notar la desazón de su disonancia, pero sin crear demasiada tensión; cada forte llevado, cada vez –estoy convencida–, a la misma cantidad justa de decibelios; cada melodía, cada frase lírica, estirada, conducida y respirada como si fuese puro canto… Y todo esto, concatenando piezas cortas y suites de muy distintos afectos en una hipnótica unidad que pareciera habernos hecho caer en una especie de –divino– agujero temporal, donde la música de Purcell suena desde siempre y para siempre en una espiral infinita.
Y qué decir de Mozart. La capacidad de Sokolov de construir, cual efímero arquitecto, etéreas y livianas catedrales sonoras, finas y delicadas columnas, cristalinas bóvedas y límpidos espacios simplemente desgranando las notas de una sonata o un adagio de Mozart, es algo casi sobrenatural.
Poco más se puede añadir –aunque el propio Sokolov añadiera, como es habitual en él, seis propinas (de Rameau, Chopin, Rachmaninov y Bach)–, pero déjenme decirles que la música es mucho más que una medida, que un ritmo exacto y, si alguna vez tienen la afortunada oportunidad de volver a escuchar a Sokolov, disfruten de una experiencia sublime, abandónense en ese arte extraordinario… y dejen de torturar a sus compañeros de asiento marcando el ritmo con el pie.

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