Miedo me das…

Es tan frustrante que no podamos abarcar la verdad de las cosas que ese mismo hecho nos pone nerviosos, nerviosas, nos inquieta cuando la realidad se nos aparece confusa o incierta. Es todo un fastidio. Menos mal que para esas desazones del alma tenemos un estupendo ‘analgésico psicológico’: los sesgos.
Y hay uno que limita el abismo de incertidumbre, si es que La Realidad como tal solo existe a través de nuestros sentidos, y es: creer firmemente que la realidad es justo eso, nuestra experiencia y nada más, nuestra percepción, nuestras creencias y conclusiones, nuestro procesamiento de estímulos que se convierte en La Realidad.
Desde esa útil perspectiva no tenemos que cuestionar nuestros procesos psicológicos o intelectuales a cada paso y preguntarnos «¿estaré equivocado, equivocada?». Podemos confiar en ella para limitar nuestras opciones y dirigirnos. A cambio de una tranquilidad interna y una estimulación asumible, aceptamos cercenar algunos puntos de vista posibles, algunas visiones del mundo, y cerrar filas.
Una vez establecida esa limitación inevitable de ser quienes somos, una vez olvidado el párrafo anterior, que alguien vea las cosas diferentes se vuelve esencial y directamente incomprensible o, mejor dicho, inasumible. Ya de partida no podemos asumir la perspectiva de otra persona o cultura como si fuera la propia, ya que nuestro punto de vista, literalmente el lugar desde el que miramos a los estímulos de fuera, se convierte en nuestra naturaleza. En otras palabras, para entenderte a ti, para empatizar, jamás podré dejar de ser yo, un miedo que a veces tenemos. Empatizar no puede equipararse a desaparecer en las necesidades del otro, en sus prioridades o sus marcos de referencia simplemente porque, de hecho, somos incapaces de hacer tal cosa. Es como pensar que empatizar con la experiencia de una persona invidente nos vuelve invidentes, o empatizar con una persona religiosa nos hace devotos -o lo contrario-. No es posible cambiar la naturaleza de nuestra mirada por mucho que nos pongamos en otros lugares y miremos desde ahí.
Por supuesto que podemos quedarnos ahí un tiempo, por supuesto que la experiencia de ponernos en otras pieles nos puede cambiar de una manera muy esencial, pero esto no sucede como un contagio, como una posesión o una enajenación, no. Si cambiamos es porque nos involucramos en esa experiencia alternativa de las cosas el tiempo suficiente y tras el número suficiente de repeticiones como para que se dé el aprendizaje, máxime si el aprendizaje es profundo. No hay por qué temer perder nuestra identidad por experimentar un rato la vivencia de otro porque simplemente no funciona así, ni nuestra psicología ni nuestra biología.
Si bien estamos preparados para ir creando patrones de aprendizaje desde el primer momento de vida, dichos patrones no son tan fácilmente modificables una vez establecidos, máxime si hablamos de patrones relacionales o culturales profundos. Nuestros propios sesgos impiden que seamos ‘otra persona’.
A no ser que hablemos de eventos traumáticos de una gran intensidad, nadie nos puede hacer cambiar si no nos involucramos en ese cambio, si no decidimos en un momento dado traspasar nuestra energía a ese nuevo escenario. Así que quizá podemos dejar de temer tanto cambiar en eso que valoramos como nuestra ‘identidad’ solo por escuchar. Nos guste o no, mirar el mundo desde nuestros ojos nos vuelve limitados para ello.

El mercado de Santo Domingo, a debate

El legado vivo de Manu de la Sota

«Sotak euskal diasporaren potentzial politiko eta kulturala oso goiz ikusi zuen»

«Batzuetan etxea barrutik pixka bat garbitzea ez legoke gaizki»

