17/01/2016

El nuevo edificio de Musikene
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBENIZ
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Recientemente hemos tenido la fortuna de poder visitar la nueva sede de Musikene, el Centro Superior de Música del País Vasco en Donostia, ya completada en su fase de construcción, de la mano de sus tres autores. Los arquitectos Aitor Gurtubay, Asier Atxurra y Unai Zelaieta, líderes del equipo de GAZ Arkitektoak, ganaron un concurso de ideas en 2007 y tras ocho años, una importante reducción presupuestaria, tres lehendakaris y otros tantos alcaldes, ven culminada una obra que viene a colocar un broche dorado, nunca mejor dicho, al plan parcial de Ibaeta.

El edificio no pretende pasar desapercibido. El intenso negro juega con el dorado en la fachada norte, reforzando la apertura hacia la ciudad. Es notable cómo los edificios públicos han variado su imaginario en los últimos años hacia una estética pretendidamente más austera, entrando en juego lenguajes provenientes de movimientos sociales o prácticas bioclimáticas. Aparentemente, esto no ha sucedido en Musikene. Interpelando a Zelaieta sobre si cambiarían algo del proyecto pensado en un económicamente más animado 2007 en el caso de proyectarlo en 2015, este no duda: «No, no cambiaríamos el diseño. Ha habido un enorme esfuerzo de contención económica, pero la idea no ha variado».

Un breve paseo por el interior del edificio muestra esa variación económica, patente en los austeros acabados. El interior sigue con un negro dominante en forma de suelo continuo de caucho, roto tan solo por las paredes doradas del auditorio, al que se accede por la planta baja. Poco a poco, los arquitectos van desgranando los mecanismos de esa «contención económica»: la chapa dorada, por ejemplo, pensada originalmente como un vidrio de tinte dorado, se sustituye por una chapa perforada y estampada, que permite tamizar la luz al tiempo que confiere privacidad. «El estampado, la forma que tiene la chapa, es una manera de reducir el espesor de la misma, ya que le damos rigidez y, por lo tanto, abaratamos su precio», explica Gurtubay.

Las explicaciones técnicas prosiguen, abundantes, durante la visita, en un edificio que tiene el control sonoro como caballo de batalla en cuanto a la funcionalidad y confort de los usuarios, músicos de primer nivel mundial. Y pese a todas las penurias económicas y complejidades técnicas, la idea prevalece. Los autores han querido dotar de significado el edificio, dando a una sociedad demandante de imaginario un mineral tallado, una fruta de dorada pulpa o incluso la superficie lacada de los instrumentos musicales como metáforas para explicar el inmueble. Este imaginario nos lleva a entender la fachada norte, que se encara hacia la Escuela Politécnica, como un gesto que permite que la música, simbolizada en ese dorado, se abra a la ciudad.

Lo que une la técnica con la economía y la idea significante es la arquitectura. Esta disciplina va más allá de la mera colocación de habitaciones una al lado de la otra, o del cálculo de estructuras, o del diseño de una fachada más o menos bonita. Colocar todo en su justa medida y crear un sistema flexible que aguante cuantas modificaciones en los usos puedan surgir es precisamente el cometido de una buena arquitectura.

Este sistema permite hacer frente a un solar complicado y, como consecuencia, no existen dos fachadas iguales. Aunque el edificio podría parecer arrogante en un principio, su diálogo con el entorno es patente. Así, aparece la respuesta a la rotonda de Ibaeta, creando un trazado curvo; a la muy residencial fachada trasera; a la fachada norte, abierta en canal con los patios dorados sobre la ciudad... La flexibilidad es tal, que el edificio se preocupa de humanizar la escala del “mineral”, insertando el orden tripartito (basamento, fuste y capitel), que entra en escena haciendo que adquiramos un sentido y una percepción correcta del edificio.

El inmueble viene a culminar el plan parcial de Ibaeta con el último solar sobre el eje de las avenidas de Zumalakarregi y Tolosa, rematando con maestría una apuesta por arquitectos y arquitectas de Euskal Herria. La Cámara de Comercio de la navarra Maite Apezteguía, el edificio Carlos María Arrional del estudio bilbaino JAAM, la escuela de arquitectura de los donostiarras Garai y Barea o la de magisterio del también donostiarra Ángel de la Hoz son obras que demuestran un compromiso con el talento local, alejado de los faustos y cantos de sirena, creando un verdadero museo de arquitectura al aire libre.