27/08/2017

Reportaje
TREKKING DE GHANDRUK
POR EL BALCÓN DEL HIMALAYA NEPALÍ

Con sendas tranquilas por bosques tropicales, pueblos tradicionales de casas de piedra y vistas magníficas de los Annapurna, el trekking de Ghandruk es uno de los más sencillos y satisfactorios de Nepal, una muy buena iniciación para conocer el país y adentrarse en los bordes del Himalaya.

Jordi Canal-Soler
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Hay algo de sublime en el Himalaya. Algo de inalcanzable que, al contemplar los agudos picos nevados de las montañas más altas de la Tierra, nos hace estremecer. Desde lo alto de un balcón de un sencillo restaurante en la colina de Sarangkot, a las afueras de la ciudad de Pokhara, contemplamos cómo los rayos del sol empezaban a bañar de luz las cimas de varios ochomiles. Son apenas las cinco de la mañana, pero la terraza está llena de turistas con la boca abierta, susurrando admiración y forzando sonrisas para selfies. No molestan. Solo tenemos ojos para lo que tenemos delante: ante nosotros se levanta el muro del Himalaya. La vista alcanza más de cien kilómetros de la sierra, desde el aislado pico del Dhaulagiri hasta el macizo del Manaslu. Y justo en medio, el conjunto de los Annapurnas. En los días buenos las cimas del Annapurna Sur y del Machapuchare, dos de sus picos más emblemáticos, se reflejan en el Phewa, el lago sagrado que se extiende a los pies de Pokhara. Éste es uno de esos días. Apenas si se alcanza a ver alguna nube en el cielo. Tan solo se apreciaban penachos de nieve en las crestas de las cimas, ahí donde el viento crea cabelleras blancas a la montaña. El espectáculo es sobrecogedor y, a medida que se levanta el sol moviendo sombras entre los flancos de los picos, se nos crea una obsesión: tenemos que ver esas montañas más de cerca.

Para la gran mayoría, Nepal está asociado tan íntimamente a las montañas como Maldivas a las playas. Se escucha nombrar el país y a uno ya le vienen imágenes mentales de grandes picos de roca y hielo, hileras de sherpas porteadores cargados como mulas y grandes expediciones de trekking sorteando pasos de montaña. Y todo el norte del país es probablemente así. Pero hay también trekkings mucho más sencillos, pequeñas excursiones de dos o tres días que permiten acceder a valles apartados donde se puede tener un atisbo del Nepal antiguo, cuando ninguna carretera llegaba a Katmandú y en el que todo el transporte había que realizarlo a la espalda de porteadores.

Con los gurung. Existe un trekking así, el de Ghandruk, y nos disponemos a realizarlo. Desde Pokhara la carretera abandona rápidamente el llano aluvial en el que está asentada la ciudad y empieza a remontar los flancos del Himalaya, cubiertos de vegetación selvática y terrazas de arroz. Una hora después el bus nos deja en la pequeña población de Kande que, a 1.770 metros de altitud, ya empieza a mostrar algunas vistas de los valles circundantes. Somos doce en el grupo y aquí repartimos nuestras cargas pesadas entre los porteadores, que han venido en el mismo autobús que nosotros desde Pokhara. Son gurung, de la etnia local, por lo que de sherpas no tienen nada. Ni tan siquiera el aspecto. En vez de recios porteadores de piernas musculosas y anchos pechos, nuestros seis mozos son jóvenes delgados que, por su aspecto y ropas, parecen más preparados para una noche de discoteca que para un trekking de tres días por las montañas. Pero la excursión es fácil, las cargas ligeras y la modernidad llega a todos los sitios, de manera que las sandalias han sido sustituidas por imitaciones chinas de zapatillas Nike y los pantalones cortos por estrechos vaqueros en los que se marca el teléfono móvil que sacan a menudo para hacerse fotos entre ellos. También nos acompaña Krishna, el guía, y Sujan, el director de la compañía que organiza el trekking. Entre los dos han realizado este itinerario más de cuarenta veces, por lo que estamos seguros de no perdernos.

El tiempo parece bueno. Varias nubes oscurecen el cielo, refrescando el ambiente caluroso del valle, pero a medida que vamos remontando la cresta del monte que se levanta detrás de Kande el viento se torna más fuerte. Amenaza lluvia. En Nepal el tiempo es variable, así que hay que ir siempre preparado con un chubasquero o una capelina, y no tardamos en tener que usarla. Aquí llueve a menudo, especialmente durante el monzón, entre junio y setiembre. Pero es gracias a ello que la vegetación aquí es tan exuberante y el camino tan bien acondicionado con varios tramos con escalones de piedra para evitar que el sendero se convierta en un tobogán de barro. Fuera de los meses de monzón, la probabilidad de lluvia es menor, y si cae será de forma aislada. Pronto deja de llover y nos tenemos que quitar el chubasquero.

El camino sube deprisa, con tramos de escalera continua en los que hay que ir deteniéndose a descansar, y los mejores sitios para hacerlo son ahí donde algunos granjeros han abierto pequeñas tiendas de refrescos y snacks en sus chozas junto al camino. Son lugares especialmente agradables, con anchos porches en los que sentarse a la sombra a reposar, contemplando la vista de los valles a nuestros pies y escuchando balar a la media docena de cabras que suelen tener estabuladas en pequeños anexos.

Las granjas y las vistas se suceden alternativamente, con tramos intermedios de bosques tropicales rebosantes de helechos, musgos, lianas, árboles de retorcidas ramas cubiertos de plantas epifitas… El aire huele a humus fresco. Se escucha el trino de unos cuantos pájaros: de un miná aquí, un barbudo gorgiazul allá, un par de bulbules cafres y algún ojiblanco oriental que llenan con sus sonoras cantinelas el aire tranquilo de la selva. A veces, un ruido de ramas sacudidas indica la presencia del langur gris, una de las dos especies de monos que viven en Nepal. Y de tanto en tanto, aparece por el camino alguna pareja de locales que va al médico de la ciudad o una mujer con una cesta a la espalda cargada de verduras para vender.

Recuperando el turismo. El punto más alto del camino es Australian Camp, una agrupación de pequeños restaurantes y casas con vistas a las montañas. La comida, sin embargo, es mejor hacerla en Pothana, más abajo, donde hay mayor selección de restaurantes y menús. Aquí lo típico es el daal bat, una bandeja con varios guisos de carne, lentejas y verduras para ir mezclando con arroz. Al final de la tarde llegamos a Tolka, una pequeña agrupación de cabañas en un flanco del valle del Modi Khola. Hay varios hoteles sencillos donde pasar la noche. El nuestro, el Hotel Namaste, tiene habitaciones con vistas al valle junto al extenso comedor en el que se sirven comidas y se pasa el rato, ya sea refrescándose el cuerpo con botellas de cerveza Everest o conversando con los excursionistas. Un par de chicas australianas están haciendo el camino inverso con una guía local, con la que hablo de la situación en el país:

«Este es el primer año en el que se empieza a notar un poco de mejora», me confiesa la guía.

Desde los terremotos de abril de 2015 los turistas habían dejado de visitar Nepal por miedo a encontrarse con un país sumido en el caos y la destrucción. Actualmente todas las infraestructuras ya están reconstruidas y pocos edificios quedan todavía cubiertos por andamios.

«Ahora es cuando más necesitamos que el turismo vuelva a Nepal», dice la chica. Es de la etnia tharu, gente de las llanuras de Chitwan, poco acostumbradas a las alturas. Quizá por ello le costó tanto hacerse guía: por el hecho de ser tharu (y no sherpa) y además mujer. «No hay ninguna otra mujer tharu trabajando como guía, ¿sabes?», dice orgullosa. «¿Y tus compañeros de profesión cómo lo llevan?», preguntamos. Duda unos instantes. Luego responde: «Al principio fue duro, pero ahora ya lo tienen asumido. Además, ya tengo mi propio tipo de clientela. Trabajo muchísimo con turistas del sexo femenino. Nos entendemos mejor…».

A la mañana siguiente la primera población que encontramos en el camino está de fiesta. Se escucha música en los altavoces de la escuela de Landruk, y en una plaza a media altura del pueblo vemos a varios grupos de gente descuartizando cabras para ponerlas en grandes ollas. Están preparando un gran banquete. Hay un hombre tocado con un topi, el sombrero tradicional nepalí, que sale de la escuela. Es el profesor. Preguntamos qué están celebrando.

–Estos días han sido las elecciones municipales y ya se saben los resultados.

–¿Y quién ganó?

–¡Qué más da eso! ¡Lo importante es poder celebrarlo!

Cuando bajamos los escalones que se dirigen hacia el río al fondo del valle abandonando Landruk, suenan por la megafonía los inicios de un discurso. Debe de ser el nuevo alcalde, que está agradeciendo los votos y dando inicio a la fiesta.

El Modi Khola fluye impetuoso por el fondo del valle. Un puente colgante de metal atraviesa el curso de agua gris y gélida que baja de los glaciares del Annapurna. Desde aquí empieza el tramo más duro de todo el recorrido, una ascensión de casi setecientos metros de desnivel por zigzagueantes escalones que se encaraman entre terrazas de cultivo de arroz. Aquí y allá algunas granjas donde pocas familias subsisten de la agricultura. Son valles fértiles, pero de trabajo difícil. Ningún tractor puede llegar hasta aquí arriba, así que el arado es tradicional, de madera y punta de acero, tirado por un par de bueyes, y en un par de ocasiones podemos ser testigos del esfuerzo de labrar la tierra con ellos.

 

Más arriba también encontramos otros animales al servicio del hombre: asnos cargados de costales que forman parte de la caravana de transporte que va y viene desde el extremo de la carretera hasta Ghandruk, a 2.040 metros sobre el mar. Llego a la pequeña población montañesa cansado pero satisfecho. Las vistas aquí son magníficas; frente a nosotros se elevan los altos picos nevados del Annapurna Sur, el Hiunchuli, el Gangapurna y el Machapuchare. El pico bifurcado de este último, que en verdad se asemeja a una cola de pez como su nombre indica, casi se puede tocar, y por su extraordinaria forma no nos parece tan extraño que sea un pico sagrado cuya escalada está prohibida.

Toca descansar en uno de los muchos hoteles con vistas del pueblo. Mañana empezará el descenso pasando por pequeños pueblecitos como Kimche, Syauli Basar, Birethanti y Nayapul, bordeando al final el río hasta la boca del valle, donde nos espera el bus de regreso. Antes de la cena quizá se antoje un poco de raksi, el licor de mijo que producen artesanalmente los gurung, y un platito de sukuti, la carne de búfalo secada al sol, ahumada y especiada que lo acompaña.

Esa noche habrá que celebrarlo en la cena, quizá bailando al son de la canción tradicional de los nepalíes, resham firiri. «Mi corazón aletea como seda en el viento, y no puedo decidirme entre volar o sentarme en un pico», dice la letra. Los porteadores se levantan de sus sillas y, con ritmo suave y gestos gráciles, siguen la canción moviendo las manos como alas. La música y el canto llenan el pequeño restaurante, atraviesan la ventana y, saliendo al fresco aire, parecen querer volar, como seda en el viento, hacia los picos nevados que se adivinan en la noche…