03/06/2018

Reportaje
Catástrofe humanitaria mundial
El triple olvido de la guerra de Yemen

Ocupa un espacio mínimo en los titulares, pese a que la propia ONU la ha descrito como la mayor catástrofe humanitaria mundial, peor incluso que la que sufre Siria. Pero no acaba ahí el dramático olvido de Yemen: uno de los países árabes cuya población se levantó contra el tirano en el marco de la malograda, despreciada e incomprendida –y, por tanto, silenciada– «Primavera Árabe» y que pagó su osadía convirtiéndose en escenario de una guerra por delegación entre potencias regionales y ante la mirada, por tercera vez, indiferente del mundo.

Dabid Lazkanoiturburu
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En toda guerra siempre acaban pagando los mismos: los civiles, y sobre todo los pobres. Esta constatación, tan vieja como la propia humanidad, tiene actualmente su más palmario y desgraciado ejemplo en Yemen, hoy en día el país más empobrecido del mundo árabe.

No siempre fue así. Situada en el suroeste de la Península Arábiga, y con sus costas que otean el Cuerno de África a través del estratégico estrecho de Bab al Mandeb, la puerta del Mar Rojo, Yemen ha sido históricamente un cruce de caminos conocido y transitado por personajes legendarios como Marco Polo o el erudito y geógrafo árabe Ibn Batuta, autor de “A través del Islam”, un clásico de la literatura de viajes prácticamente desconocido en Occidente.

«La situación estratégica de Yemen hacía de puente obligado entre Asia y África, pero también redirigía las mercancías procedentes de la India hacia el Mediterráneo, a lo largo del Mar Rojo», recuerdan en “Yemen, la clave olvidada del mundo árabe 1911-2011” (Alianza Editorial, 2014) Francisco Veiga, Leyla Hamad Tahonero e Ignacio Gutiérrez de Terán.

La arquitectura de ciudades como Shibam, la “Manhattan del desierto”, con rascacielos de 1.700 años de antigüedad, o la de los palacios de “indianos” de la mágica Hadramut... evoca viejos tiempos de prosperidad en un país que, por su carácter estratégico, albergó a lo largo de su larga y prolífica historia todo tipo de creencias y de civilizaciones y que no tardó en ser ambicionado por los distintos imperios que lucharon y se repartieron su control, desde los mamelucos hasta los otomanos, sin olvidar a portugueses y británicos. Estos últimos construyeron en Aden, capital del sur de Yemen, el que en su día fue el puerto colonial más grande del mundo. Todas aquellas intervenciones e invasiones anticipaban, cual premonición, el drama que sufre actualmente el pueblo yemení.

 


La «Arabia Felix». Yemen era antes de la llegada del islam uno de los centros culturales y una de las civilizaciones más pujantes del mundo árabe, como lo atestigua la célebre leyenda de la reina de Saba, «culta y rica, que regala más de cuatro toneladas de oro al rey Salomón en su visita al reino de Israel». Ese Yemen al que llegaban y del que partían «caravanas de camellos cargadas de incienso, mirra, especias y láudano; o de oro, marfil y seda», y al que el historiador griego Tolomeo bautizó con el nombre de Eudaimon Arabia (Arabia Felix), es a día de hoy, y antes ya de que comenzara a ser asolado por la actual guerra, el país más pobre del mundo árabe.

Analizar las múltiples causas de semejante declive excede este reportaje. Baste apuntar las provocadas por el colonialismo europeo, británico, holandés y francés, que robaron el café yemení, que abastecía a los exigentes paladares de la capital imperial otomana de Estambul, para plantarlo en sus propias colonias, propiciando el paso del monocultivo del café al del qat, un estimulante emparentado con la anfetamina masticado-consumido diariamente por millones de yemeníes y que, a la vez que suple en muchos casos la falta de nutrición endémica, detrae el cultivo de alimentos en un país ya de por sí muy árido y en el que la falta de agua es crítica.

Tampoco hay que olvidar los efectos de la reunificación, cabría decir mejor anexión, en los 90 de la prosoviética Yemen del Sur (República Democrática Popular de Yemen, RDPY) por parte de Yemen del Norte (República Árabe de Yemen, RAY), absorción de un país deprimido e insolvente y olvidado totalmente por la URSS en os últimos años de la Perestroika.

Las sucesivas guerras que han asolado al país, incluida la guerra civil entre el Norte y el Sur en 1994, y el atávico conflicto con los huthíes, clan zaidí montañés del norte del país, han supuesto una sangría constante. Al igual que el apoyo de Yemen a la invasión iraquí de Kuwait en 1990, lo que le costó que Arabia Saudí repatriara a 800.000 emigrantes yemeníes, cuyas divisas eran vitales para otros tantos cientos de miles familias en su país de origen .

Pese a contar con poco petróleo en su subsuelo, Yemen ha sido visto siempre como una amenaza por Arabia Saudí, que asiste con preocupación a un incremento demográfico por el que el país vecino llegaba a doblar hasta hace poco su población cada veinte años. Todo un desafío para Ryad que, a pesar de controlar cuatro veces más territorio, rivaliza en habitantes con Yemen pero con un 40% de extranjeros.

Así las cosas, la satrapía de los Saud se ha dedicado en los últimos cien años a segar de vez en cuando la hierba bajo los pies a Yemen para frenar a un posible competidor regional. Al mismo país al que actualmente bombardea «para restaurar el gobierno legítimo» y, cabría hasta sospechar, para reducir, vía bombas y enfermedades, su población y mantenerlo totalmente postrado.

Catástrofe humanitaria. La actual guerra en el país más empobrecido del mundo árabe está provocando una tragedia sin parangón y que está pasando prácticamente desapercibida. Una «triple tragedia», como recuerda la periodista Eugenia Rodríguez Cattaneo, con un triángulo infernal conformado por la violencia propia de la guerra, la hambruna y el cólera.

Los datos son espeluznantes y confirman que la ONU no exagera cuando la describe como la mayor catástrofe humanitaria de la actualidad.

Decenas de miles de personas muertas –ni siquiera hay datos fiables y estos varían totalmente según las fuentes–, a los que hay que sumar «más de 3 millones obligadas a abandonar sus hogares. El país está al borde de la hambruna. Más de 17 millones de yemeníes (el 60% de la población del país) sufren inseguridad alimentaria y desnutrición; es decir, que no saben si comerán mañana». De ellos, más de 3 millones de menores y mujeres embarazadas o lactantes sufren desnutrición aguda y «400.000 de ellos podrían morir de forma inminente». Casi 10 millones de menores, el 80% de la población infantil de Yemen, necesita ayuda humanitaria urgente.

No acaban ahí los datos que aporta Rodríguez Cattaneo en su artículo “La Tragedia deliberada de Yemen”, publicado en la web Sin Permiso (La Brecha). «El país sufre un violento brote de cólera que ha causado miles de muertes en los últimos meses. Se estima que el cólera afecta a unos 500.000 yemeníes, la mitad de ellos niños, debilitados por la desnutrición». Y es que la guerra ha supuesto la destrucción sistemática y deliberada de los servicios de salud, del acceso al agua potable y del saneamiento, con lo que «la expansión de la bacteria está fuera de control».

En toda guerra hay dos bandos y ambos cometen atrocidades, pero las guerras recientes son cada vez más asimétricas. En la que nos ocupa, pese a que la ONU responsabiliza a ambas partes de ataques contra la población civil, no hay duda, como recuerda la periodista, que los saudíes y sus aliados con sus bombardeos aéreos contra infraestructuras y el bloqueo a las áreas controladas por sus rivales, los huthíes, son los principales responsables de las tres tragedias, incluida el cólera, que asoman al país. Y así llegamos al segundo olvido, el de la guerra por procuración (por delegación) a la que han condenado a los yemeníes.


Un conflicto regional. En abril de 2015, Arabia Saudí inicia una campaña de bombardeos con el objetivo oficial de restaurar en el Gobierno al depuesto presidente yemení, Abdo Rabo Mansour al-Hadi. General sudista, Al Hadi se alineó con Sanaa en la guerra civil que en los noventa siguió a la anexión de la RDPY por Yemen del Norte y comandó el asedio y la reconquista de Aden, capital del Sur, lo que le valió ser nombrado vicepresidente por el hombre fuerte de Yemen entre 1979 y 2011, el eterno presidente Ali Abdallah Saleh.

Tras la revuelta popular de la primavera de 2011, Saleh fue expulsado del poder por una transición-trampa impulsada por Arabia Saudí y EEUU y vio cómo su segundo, al que había puesto a su diestra para intentar asegurarse, si no la lealtad, al menos cierta neutralidad por parte del indómito sur del país, era aupado a la presidencia.

Saleh nunca olvidaría la afrenta y, tras un corto exilio-prisión en Ryad, volvió a Yemen con la promesa de no inmiscuirse en el proceso de transición en curso. Por descontado que no hizo honor a su palabra y, desde su formación, el Congreso General del Pueblo, y con el control de buena parte del Ejército y del cuerpo de élite de la Guardia Republicana, siguió maniobrando contra su antiguo aliado y subalterno.

Rebelión huthí. La oportunidad de vengarse le llegó en 2014, cuando los huthíes aprovecharon el malestar popular por la falta de avances tras la revuelta de 2011 y la ira por el incremento del precio de productos básicos subsidiados para dar un golpe de mano e iniciar una rebelión que les llevó hasta Sanaa. Al Hadi fue abandonado a su suerte por los militares leales a Saleh, quien firmó una alianza táctica con los huthíes, sus históricos enemigos.

El de los huthíes es un movimiento político-religioso de obediencia zaidí, rama chií no duodecimana (la mayoritaria en Irán) y que profesa cerca del 40% de la población yemení (sobre todo en el norte y centro-oeste del país, incluida la capital). El movimiento huthi debe su nombre a Hussein al-Huthi, destacado miembro de la comunidad zaidí que a principios de los 2000 se adhirió a una organización, Juventud Creyente, cuyo objetivo era revitalizar esa creencia. Le que imprimió un sesgo prochií y políticamente antiestadounidense que encontró un buen caldo de cultivo en la guerra sectaria que siguió a la invasión y ocupación de Irak y en la respuesta al yihadismo, fenómeno en auge también en Yemen con la irrupción de la sección de Al Qaeda en la Península Arábiga, a día de hoy fuertemente implantada en el sureste del país.

La muerte de Hussein al-Huthi en un bombardeo del Ejercito yemení inauguró seis años de guerra contra los huthíes del régimen del presidente Saleh, alineado sin ambages con EEUU y sus aventuras militares en Afganistán e Irak tras el 11S.

De entonces datan las relaciones (un secreto a voces) entre los huthíes y el movimiento libanés Hizbullah, que habrían incluido adiestramiento militar por parte de la guerrilla libanesa del Partido de Dios libanés a sus “hermanos” yemeníes tanto durante la guerra entre 2004 y 2010 contra Sanaa como en el marco de la rebelión de setiembre 2014.

Más allá, no está ni mucho menos claro que Irán hubiera impulsado a los huthíes en la rebelión que les llevó al poder hace cuatro años. Como recuerda Marc Cher Leparrain en un reciente artículo en “Orient XXI” (“La guerre calamiteuse d l’Arabie saoudite et des Émirats arabes unis en Yemen”), lo último que interesaba entonces a Teherán, embarcado en la guerra en Siria y en plena ofensiva del ISIS en su «protectorado» de Irak, era abrir otro frente en Yemen. Y menos cuando su prioridad aquel año era cerrar un acuerdo sobre su programa nuclear con EEUU, que se firmaría meses después, en abril de 2015. Es más, y siguiendo con Cher Leparrain, la rebelión huthi no tuvo origen alguno en rivalidades regionales sino que se debió «a una cuestión interna yemení, concretamente a una distribución de los poderes territoriales por parte del presidente al-Hadi que los huthíes rechazaron».

Ryad, sin embargo, lo tenía claro. La campaña fue impulsada por el joven e intempestivo ministro de Defensa y hombre fuerte de la dinastía de los Saud, Mohamed Ben Salman, quien acusó a los huthíes de ser «una herramienta en manos de una fuerza extranjera», en referencia a su principal enemigo en la región, Irán. Nadie en Occidente se atrevió a criticar a Arabia Saudí, y menos el propio presidente de EEUU, Barack Obama, quien acababa de firmar el deshielo con Teherán ante las mismísimas narices del desairado e histórico aliado saudí de Washington.

Campaña de bombardeos. Arabia Saudí inició así una campaña de bombardeos con el sostén poco más que verbal de la práctica totalidad de los regímenes suníes del mundo y con el apoyo militar –que, a veces, más que apoyo apunta a rivalidad– de las satrapías de los Emiratos Árabes Unidos (EAU).

Tres largos años y la friolera de 16.000 bombardeos aéreos han pasado desde que comenzara la guerra y poco se han movido desde entonces las líneas del frente y, si lo han hecho, ha sido a costa de sitiios y bombardeos inhumanos. Los huthíes, guerrilleros aguerridos, y sus aliados controlan el nordeste, incluida Sanaa. Cierto es que en los últimos meses han sufrido varios reveses que les sitúan a la defensiva. En diciembre del año pasado, interceptaron al propio Saleh cuando huía de la capital tras romper su alianza con los huthíes, y le mataron a tiros. Los militares leales al finado expresidente y su partido (CGP), el mayor del país, no se han levantado para vengar a su líder pero la alianza parece tocada.

La muerte el pasado abril en bombardeos de precisión del principal responsable político de los huthíes, Saleh al-Sammad, y de decenas de comandantes rebeldes revela, de un lado, que los saudíes disponen de cada vez mejor información sobre el terreno y, de otro, ha contribuido a extender una sensación de vulnerabilidad entre sus filas.

Como reacción, cada vez son más frecuentes los ataques con misiles contra Arabia Saudí y su capital, lo que evidencia el apoyo logístico de Irán –otra profecía autocumplida– y confirma que los huthíes están a la defensiva en el interior de Yemen.

Una guerra empantanada. Tampoco es mejor la situación al otro lado del frente. Es cierto que, con la cobertura aérea de saudíes y emiratíes, las fuerzas leales a Hadi avanzan lentamente hacia Sanaa (capital política del país), Saada (capital ideológica de los huthíes), Taez (capital económica yemení) y, finalmente, hacia Hodeida, el gran puerto yemení sobre el Mar Rojo, pero la renuencia de Arabia Saudí y de los EAU para implicar a sus soldados en una guerra terrestre –sin duda, por temor a la reacción en sus respectivos países a asumir unas bajas a las que no están acostumbrados– está ahogando el conflicto en un empate sangriento.

Tampoco ayuda el hecho de que Ryad y Abu Dhabi patrocinan a milicias y grupos políticos no solo distintos sino incluso rivales. Los saudíes financian a las milicias de los Hermanos Musulmanes yemeníes (Al-islah), principales aliados de Hadi, mientras que los emiratíes, enemigos jurados del islam político, arman de un lado a las milicias de obediencia salafista y, de otro, a las milicias independentistas sudistas del Consejo de Transición del Sur (CTS) que, en enero de este año, rompieron su alianza con las tropas leales a Hadi y les expulsaron de Aden, en un golpe de mano que debilitó aún más al gobierno del presidente «legítimo», exiliado-prisionero en Ryad.

A estas alturas, y con la guerra absolutamente empantanada, los Emiratos Árabes Unidos reconocen ya abiertamente que su objetivo no pasa por ganarla sino por «dar autonomía a los yemeníes en las zonas liberadas», eufemismo que esconde sus pretensiones de establecer cabezas de puente para controlar el estratégico estrecho de Bab El-Mandeb del Mar Rojo. El reciente desembarco-ocupación del Ejército emiratí en la isla yemení de Socotra, en la puerta del océano Índico, y su pretensión de hacerse con el control del puerto de Hodeida, evidencian, junto con la compra a Somalilandia y Eritrea de los puertos de Berbera y Assab, los planes de Abu Dhabi para controlar, desde una orilla y la otra, el estratégico paso del Mar Rojo.

Yemen es así escenario de una guerra silenciada y de un no menos encubierto reparto-botín de sus puertos, de sus ciudades y de su futuro por intereses ajenos. El país que, hace siete años, vivió una revuelta olvidada por el mundo pese a que fue liderada por una juventud laica (los “jóvenes revolucionarios”) y que, al calor de la Primavera Árabe, aspiraba no solo a derrocar al régimen sino a reconstruir el país desde otros parámetros, muere de hambre, cólera y bajo los escombros de los bombardeos. Pero muere, sobre todo, de olvido, de un triple olvido. El mismo al que desde hace mucho tiempo está condenado Yemen.