La isla de las cascadas heladas
Islandia, vestida de claridad en verano, cambia completamente su fisonomía en invierno. Los paisajes se vuelven blancos por una nieve que suaviza sus perfiles y redondea sus aristas. El agua se retrae y se congela, los glaciares diversifican su azul y el día se torna en una tenue irradiación de luz, tímida y velada, sobre la que amanecer y atardecer fluyen sin discontinuidad. Y la noche, que todo lo puede, se adorna con el titilar de las estrellas y el verde de la aurora boreal.




