06/01/2019

Ya está aquí
IGOR FERNÁNDEZ
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Bueno, pues ya ha llegado. 2019 no es muy distinto al 2018 de hace unos días, solo que ya no es el mismo año. Hay quien dice que no se puede decir “adiós” a algo antes de haberle dicho “hola”, antes de asumirlo y abrazarlo de verdad. Y, como todas estas expresiones, quizá también a esta se le pueda dar la vuelta y no se pueda decir “hola” hasta no haber dicho “adiós” a ciertos aspectos de nuestro año pasado.

Lo nuevo siempre nos trae una sensación de estímulo y esperanza de que algo será distinto esta vez y, por tanto, mejor –aunque el número en el calendario no tenga un efecto mágico–. En lo que se refiere a cambiar de año, lo nuevo se repite y, aunque no somos los mismos, empezar trae esperanza y temor a partes iguales; esperanza, por lo dicho, y temor, curiosamente, también por la misma razón. Y es que esperamos que suceda lo que conocemos, aunque anhelemos lo que aún no ha pasado. Nuestros pensamientos respecto al futuro cambian nuestro presente, por lo que es de especial importancia estos días hacernos conscientes de lo que queremos para nosotros, para nosotras, en estos meses que tenemos por delante. No es que pensarlo lo vaya a hacer realidad, pero a veces estos momentos de reflexión son espacios de planificación sin darnos cuenta. Imaginamos un escenario, lo proyectamos a nuestro futuro y ese mismo pensamiento dará forma a nuestra visión sobre el presente en cada momento. Y lo hará de una forma casi imperceptible, pero que nos colocará en la posición de esperar tal o cual cosa, lo que irá cambiando nuestro cuerpo y nuestra mente en esa dirección.

Somos máquinas de imaginación, de especulación y abstracción, pero por la sencilla razón de que nos funciona. Nos sirve imaginar tanto las situaciones como las sensaciones y las emociones que tendremos para prepararnos antes de que pasen y, curiosamente, para nuestro cerebro, a veces, proyectar y experimentar no se distinguen tanto cuando la proyección es intensa y mantenida. Por esta razón, no es una frivolidad hacerse propósitos de Año Nuevo si estos son sentidos y con sentido, ya que nuestra mente empezará a organizarse en esa dirección, preparándose para el cambio que queremos introducir.

De la misma manera, pero en sentido contrario, si no retamos conscientemente a nuestra mente hacia algo distinto, esta va a seguir los mismos caminos que habitualmente, aunque las situaciones sean nuevas. También por esta razón la voluntad y el deseo genuinos tienen la capacidad de darle forma a la estructura de nuestra mente, y la motivación que despiertan, que se puede sentir incluso físicamente, nos mueve hacia algo que habitualmente nos viene bien de algún modo. Cuando realmente podemos sentir esa alineación con lo que realmente queremos, no solo con la cabeza o las tripas, sino con ambas al mismo tiempo, sumando una sensación de energía e ilusión, podemos pensar que eso que nos proponemos está en el camino de nuestro bienestar y mejora. Si, por otro lado, ante ese propósito sentimos cierto desapego, cierta desapropiación, cabe preguntarnos sobre qué pasos nos faltan antes de poder apropiarnos de nuestro propio deseo y hacerlo. Puede que haya otras partes de nosotros que tengan algo que objetar, o incluso puede que nuestro propio cuerpo nos lo ponga difícil, pero cuando queremos algo realmente lo notamos como una coherencia también por dentro. Cambiar hábitos –tema estrella en los propósitos de Año Nuevo– implica no solo querer, también que sea el momento y que existan alternativas que nos provoquen reacciones tan potentes o más que aquello que queremos cambiar. Proponernos y desear no es lo mismo; y desear y hacer realidad, tampoco. Entre cada uno de estos vocablos media la apropiación, la compañía, la esperanza de que algo va a mejorar y la imaginación de un “Yo” que, a estas alturas del próximo año, me guste un poco más.