14/07/2019

Cocina y cárcel
MIKEL SOTO
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Escribir es un acto fascinante. Incluso cuando se hace desde la más profunda de las imposturas, es increíble la cantidad de información que revela de la persona que escribe. Hace unos meses, un amigo que está en la cárcel me dijo: «Chico, desde que escribes de cocina parece que te conozco más. Tantos años escribiendo de política y demás y ahora cada vez que te leo, te veo». La cita es de memoria, porque en mi cabeza no suena exactamente como él; es más posible que dijera «política y movidas», «chorradas de política» o alguna variable al uso. Sí, tantos años escribiendo chorradas de política y es posible que sea aquí donde mis amigos más me “ven”. Lo tomo como un cumplido, ya que me parece que es un hermoso sinónimo de veracidad y porque ver a alguien es respetarle y, a menudo, amarle. Significa que esté hablando de lo que esté hablando estoy yo en el texto, cosa que no ocurre siempre; a menudo nos alejamos, nos escondemos en nuestros escritos, sobre todo cuando no estamos totalmente convencidos de ellos.

Uno de mis artículos que habían leído con interés era “Asar a baja temperatura”. Me dijeron: «Aquí todo es a baja temperatura… 16 horas. Eso sí, si cocinar en tuppers produce cáncer, estamos jodidos». Y es que en la cárcel se cocina, y mucho. Se cocina porque hay que alimentar a lo que sobra de la sociedad con lo que le sobra a la sociedad. Productos caducados, comida en mal estado, carne congelada hace décadas… Recuerdo que en Soto del Real las presas que trabajaban en cocina les decían a sus compañeras cuándo no comer; normalmente cuando había pescado. La misma Soto del Real de la que Arnaldo salió hace unos años sorprendido de lo que había mejorado la comida en la cárcel. Comentario tristemente cierto que solo puede hacer alguien que ha conocido en los ochenta Alcalá Meco, Herrera de la Mancha y demás cárceles de exterminio.

Por eso se cocina tanto en las cárceles, porque a menudo es incomible lo que se debería comer. Todo depende de los medios. Hace poco encontré en casa los planos para hacer un pulpo de aceite; una mecha rudimentaria que con un kleenex impregnado en aceite te permite tener una pequeña llama constante para “cocinar”. Pulpo o, como lo denomina Josu Urrutikoetxea en su libro de cocina carcelaria “Giltzapeko sukaldaritza”, chauffe. Mi familia me compró ese libro en la Feria de Durango de 2002, cuando llevaba diez meses encarcelado. Está firmado por Eva Forest, por desgraciada ausencia del autor y para delicia y suerte de mi ama, a la que me imagino encantada pidiéndole una dedicatoria a su admirada Eva. Eso era antes de que la feria vetara el rico catálogo de Hiru convirtiendo Durango en un lugar mucho más pobre y más triste.

Recuerdo que hubo cierto revuelo con aquel libro porque se publicó poco antes de que el colectivo de presos iniciara la larga, dura, comprometida y generosa huelga de hambre que trató de impulsar el proceso abierto con Lizarra-Garazi. No hice esa huelga de hambre, por lo que nunca me permití tener una opinión respecto a la polémica sobre el libro, aunque siempre me ha recordado a la controversia que hubo en Euskal Herria porque Txomin Iturbe apareció en su última entrevista en “Punto y hora” con un polo de Lacoste en tiempos del boicot a los productos franceses. Sí, ese Txomin Iturbe, el que al poco de dar esa entrevista murió en Argelia. Como decía Joxe Azurmendi, en este país hay demasiados expertos en pequeñeces.

He vuelto a coger el libro de Josu, hermosamente ilustrado por el hoy expreso Mikel Zarrabe, y viendo la reacción española a su detención he pensado que, desgraciadamente, siguen sin verle. Ni a él, ni a nosotros y nosotras.