14/07/2019

Lo que nunca quise
IGOR FERNÁNDEZ
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El dolor y el placer son impulsos esenciales que nos mueven hoy quizá más que cualquier otro a la hora de tomar decisiones y acciones, a pesar de que su origen como mecanismo se remonte a hace millones de años. Actualmente, con todo el conocimiento, la tecnología y sofisticación de las sociedades actuales, somos incapaces de distanciarnos completamente de él cuando sucede y, cuando se hace presente, cada vez parece que somos menos resistentes. Y es que quizá sea una de los deseos humanos más extendidos: hacer que el dolor desaparezca. ¿Quién no desearía que nadie sufriera, por no hablar de uno mismo, de una misma? Pero, ¿dolor y sufrimiento es lo mismo? ¿Y dolor y daño? ¿Qué parte del dolor es inevitable?

Como todo lo que nos constituye, también la capacidad de sentir dolor está ahí por alguna razón, y una razón importante. En este punto, quien lo esté sufriendo puede que se sienta enfadado o enfadada por estas palabras, y piense en lo injusto que es sentir un dolor incontrolable… Aunque, desafortunadamente, nadie pueda hacer “justicia” al respecto de la sensación; si bien hay actos de alivio que ayudan a sobrellevarlo. Para empezar, con el dolor psicológico (incluya dolor físico o no) se establece una relación y sobre él se pueden tomar ciertas decisiones.

Para empezar, cuando nos duele una ruptura, una crítica o un abuso, los adultos podemos utilizar nuestros recursos para preguntarnos: ¿Cuánto espacio le voy a dar a esto en mi vida hoy? Para responder con cierto control tenemos que revisar nuestra actitud básica ante la vida; saber si confiamos en el mundo a pesar de que las dificultades aprieten, si confiamos en nuestra compañía para que nos cuide sin convertirnos en “víctimas”, o si en nuestro fuero interno hemos podido construir a lo largo del tiempo confianza en que las cosas vayan a ir bien a pesar de que ahora no sea así. Hay quien pueda pensar que este tipo de confianza es irreal o idealista pero, cuando hay dolor, la esperanza y la compañía son calmantes que ayudan a comprender el mensaje último del dolor. Así que, mientras tanto, ¿por qué no usarlas si las tenemos, a pesar de los datos que hay en el otro plato de la balanza? Si bien con esos otros datos hay probablemente que “hacer algo”, porque, al igual que la esperanza y la compañía son esenciales, la sensación de control también lo es.

Mantenerse ocupado es una manera de distraerse del dolor, pero hacerlo en algo que tiene sentido para nosotros, más allá de la distracción, porque nos va ayudando a notar de nuevo nuestra fuerza, una fuerza tan necesaria para afrontar y reconstruir. Ese “hacer algo” puede involucrar a la causa del dolor. Por ejemplo, en el caso del psicológico, analizar paulatinamente –diferente a “obsesionarse con”– qué necesidades propias se han roto o están en peligro por ese dolor, qué sueños, expectativas –siempre más propias que del otro– se han desvanecido, o diferenciar entre lo ideal y lo real de aquello a lo que nos entregamos y se nos fue, nos da perspectiva. En otras palabras, al igual que el dolor de un golpe indica que puede haber una rotura debajo de la piel, leer el dolor de este modo nos permite comprender su mensaje último, porque no duele aquello que no importa, y no importa aquello que no nos duele.

Y eso, siempre es propiedad de uno y de una misma. Eliminar el exceso de dolor, el que impide pensar y relacionarse, puede que sea necesario con métodos más artificiales o abruptos, pero en cuanto la mente puede funcionar, debemos confiar en ella y en los que nos rodean para seguir con la reconstrucción.

Y después, involucrarnos en actividades que nos acaricien, energeticen y nos recuerden el sentido de la vida que hemos elegido, con compañía dispuesta a ayudarnos a estar ahí de pie, en la encrucijada entre el pasado y el futuro que es el dolor actual, y caminar hacia quienes queremos ser a continuación… con lo aprendido del dolor.