10/11/2019

Reportaje
El peso de la balanza interior
Retrato de una vida con anorexia

Nerea tiene 23 años y convive con la anorexia desde los 15. Quiere contar su testimonio y que la gente conozca cómo es tener un TCA. Cruz Roja estima que una de cada cien adolescentes padece anorexia nerviosa y cuatro de cada cien tienen bulimia nerviosa. En la CAV, solo en Araba, se dan diez nuevos casos al mes. Detrás de las cifras hay nombres con sus retratos. Este es uno de ellos.

Rober Amado, fotografías: David Arribas
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Nerea a un lado, Miguel, el padre, en el centro, y Elena, la madre, al otro, formando un triángulo. Cenan en la mesa del salón comedor. Hay media pizza, vasos de agua y un yogur.

–No estoy bien hoy, no estoy bien en general. Tengo un día difícil–, expone Nerea.

–¿Te digo yo el día difícil que tengo? ¿Te cuento cómo tiene los días difíciles la gente? Si has tenido un día difícil, lo siento. Pero no va a mejorarlo que no comas lo que tienes que comer–, responde Elena.

Silencio. Ruido de masticar y sorbos de beber agua.

–Porque no has hecho nada que se salga de lo normal para...

–He cogido peso–, interviene Nerea.

–¿En dónde?

–Lo noto.

–¿En la teta derecha?

–Yo lo noto, lo sé.

–Ya…–, susurra Miguel al acabar de beber otro trago.

–¿Te he preguntado yo por tu peso?

- Yo no sé cuál es mi peso...

- Es que me da igual.

– ... pero lo he cogido.

–¿Dónde?

–Se me han juntado las piernas. Y me molesta. Me aprietan los pantalones.

–Nerea, que me da igual. Come algo más por favor.

–Pues entonces dime qué como. Si me dices pide ayuda, yo pido ayuda.

Nerea, Elena y Miguel se miran. Nerea tiene los pómulos rojos y aprieta los labios y los ojos se le humedecen. Elena responde, seca pero serena. Se hace el silencio. Suena la televisión de fondo, los pasos del perro y las bocas masticando durante la cena.

Un poco de puré, un trozo pequeño de pechuga de pollo con un tomate y un yogur. Nerea tiene 23 años, es de Madrid y tiene anorexia. Son seis batallas cada día, esta ha sido la última. Desayuno, media mañana, comida, merienda, cena y post cena. Ella explica que no siempre se ganan esas batallas. Que hay días que ganas tres y pierdes una. «Nos sentamos todos a la mesa y empieza la guerra», explica. Hasta que deje de serlo y solo sea simple comida. Al final se puede salir, pero el camino no es fácil.

«Tú come, come, que ya dejarás de hacerlo». Es su primer recuerdo, en un cumpleaños, cuando tenía 5 o 6 años. Esa voz la acompañó con ocho años en otra fiesta. «Mira cómo come la gente, parecen unos cerdos, no saben controlarse. Tú no comas, sé una chica comedida, fina. Sé una chica elegante». Con doce años, tras una revisión médica, el informe sentencia que, pese a que su IMC (índice de masa corporal) está dentro del rango saludable, padece sobrepeso. Entonces la voz, otra vez la voz, le dijo: «¿Lo ves? Te dije que algún día dejarías de comer. Ahora es el momento». Nerea describe cómo comienza a mentir. A sus padres les explica que cena con sus amigos, a sus amigos que lo hará en casa. Esconde la comida, o le da la suya a otros compañeros en el comedor escolar. «En el colegio se metían conmigo. Era muy duro. Hasta que llegó un chico que me dijo que era guapa. Era lo más bonito que me habían dicho nunca, así que deseé que no se fuera nunca de mi lado». Durante un verano apenas comió algún tomate y una barrita energética. «El chico se fue, la enfermedad se quedó», sentencia. Hasta que se dio cuenta que tenía anorexia. Un TCA, un trastorno de la conducta alimentaria.

Ya existían hace unos siglos. Los trastornos de la conducta alimentaria no son una moda, ni una pataleta de adolescentes, ni siquiera son propios de este siglo ni del anterior. Ya había cierta obsesión por el físico en el siglo XIX. En un estudio de 1994, Tilmann Habermas afirma que, en concreto, la preocupación empezó en los hombres. Para Habermas, el índice Quételet, creado en 1835, más conocido como Índice de Masa Corporal (IMC) tras la Segunda Guerra Mundial como medida para racionamientos, adquirió una primera etapa de fama tras la publicación de la primera dieta para adelgazar, escrita en 1862 por un sepulturero que padecía obesidad, William Banting, que en dos años consiguió vender seis ediciones explicando cómo consiguió bajar 21 kg en un año, lo que aumentó la obsesión por relacionar el peso con tablas estadísticas. Este mismo autor señala que, en las mujeres, la manera de controlar el peso era ingiriendo vinagre o apretando en exceso el corsé.

Los primeros relatos médicos sobre personas que no quieren comer datan del siglo XVII. En 1689, Richard Morton, un médico especialista en tuberculosis, presenta en su obra “A Treatise of Compsumptions” a Miss Duke, una mujer de 18 años que padecía amenorrea, estreñimiento e hiperactividad y se negaba a comer. De casos similares el médico afirmó que «casi siempre procede de la tristeza y la ansiedad». Fue dos siglos después, en 1859, cuando Louis-Victor Marcé, médico psiquiatra, hizo la primera descripción clínica de un trastorno anoréxico cuando hablaba del rechazo a la comida como un caso de delirio hipocondríaco consecutivo a una dispepsia. La American Psychological Association (APA) cita que los primeros en diagnosticar a personas con «miedo anormal a estar, o a llegar a estar obesas» fueron Charles Lasègue, en 1873, y William Gull, al año siguiente. Lasègue descubre que el factor psicológico es fundamental, y que no sirve de nada forzar a las personas a comer, porque se consigue todo lo contrario. En sus estudios afirmó que no se trata de «una simulación o un capricho, sino de una patología». Encuentra diferencias con otros trastornos, como la sitofobia (miedo irracional a la comida) o la cloroanemia (o clorosis, más conocida por la “enfermedad verde” por cómo deja la piel). Gull, por su parte, encuentra factores de riesgo como la reducción de ingesta o el incremento de actividad física antes de la aparición de la enfermedad. El grueso teórico aumenta hasta que Jean-Martin Charcot describe, en el París de 1890, la historia de una de sus pacientes. Es una mujer que, al desvestirse, descubre que tiene atada a la cintura un lazo. Tan apretado está que el médico le pregunta la razón. Ella responde que esa es la medida del cuerpo que quiere tener: «Prefiero morirme de hambre antes que volverme tan obesa como mi madre».

Campañas publicitarias. «No creo que la sociedad tenga conocimiento de este problema y si lo tiene le da igual», sentencia Nerea. Cuenta que, a los 12 años, era más fácil comprar adelgazantes en un súper o una farmacia que adquirir cualquier otra cosa igual de perjudicial. Para ella, ese cinismo en la sociedad va más allá cuando habla de los anuncios en medios de difusión: «Deporte excesivo, operación bikini, operación invierno, comida sin lactosa, azúcar o gluten, comida sin comida, barras sustitutivas de comida, relojes que cuentan los pasos y las calorías perdidas...». Esto tampoco es nuevo. En la red pueden encontrarse ejemplos de anuncios de hace décadas apelando a un público deseoso de quitarse muchos kilos en poco tiempo, como el de las pastillas Larson, publicado en 1959 en Gran Bretaña, que afirmaba poder perder de 10 a 20 libras y comer lo que se quisiera mientras se tomasen las pastillas (de 4,5 kg a algo mas de 9 kg). Autores como Toro, Cervera y Pérez ya estudiaban en 1985 esa percepción del cuerpo humano idealizada en “Influencia de los medios de comunicación sobre las actitudes favorables al adelgazamiento”. En dicho estudio concluían que uno de cada cuatro anuncios de revistas para público femenino invitaban directa o indirectamente a perder peso. En un informe de la Cruz Roja sobre los TCA afirman que una «investigación constató que, a medida que las medidas de las modelos van disminuyendo, en la población general las medidas van aumentando». En “La publicidad y la salud de las mujeres”, publicado por el Instituto de la Mujer en 2005, Miriam Soliva Bernardo hace otro análisis de anuncios emitidos desde noviembre de 2004 a febrero de 2005 en el que muestra que «la publicidad señala como algunos de los principales obstáculos que impiden a las mujeres disfrutar de su salud: las arrugas, el vello corporal, la celulitis, el peso y el deterioro corporal». Porque Nerea, cuando se mira en el espejo, no se ve a ella. Ve otra y, a veces, eso no le gusta.

Algunas cifras. Para la Cruz Roja «se estima que una de cada cien adolescentes padece anorexia nerviosa y cuatro de cada cien tienen bulimia nerviosa». En la CAV, solo en Araba, se dan diez nuevos casos al mes, según Acabe-Araba. Leire Cuevas, la responsable de comunicación y administración de esta asociación, gestiona una media de 200 a 250 socios anuales, además de las acogidas. 75 acogidas en 2018 y 90 en lo que llevamos de año. «Y cada vez más jóvenes. Niños y niñas de 10 o 12 años vienen a pedir ayuda», explica Cuevas, «y cada vez vemos más niños». Comenta que, cuando comenzó en la asociación hace cuatro años apenas había conocimiento en la sociedad de este problema. Propuso hacer actividades de sensibilización y gracias a eso se ha conseguido mucho. Sin embargo, la ayuda pública o es deficiente o no está. No existen protocolos médicos ni estándares oficiales a los que acogerse. Apuntan que ni siquiera las subvenciones ni ayudas públicas son suficientes: «Cada asociación hace lo que puede con los medios que tiene», afirma. «A nosotros, en estos tres últimos años nos redujeron las subvenciones a casi la mitad».

En la asociación Plata de Madrid viven la misma situación. Elena Casado, la madre de Nerea, es la presidenta. Explica que sienten la misma indefensión, que trabajan con lo que pueden: dan cursos, talleres y charlas, orientan a las familias sobre las instituciones médicas y psicológicas que puedan ayudar, pero la ayuda pública no llega. En Acabe-Araba cuentan con un psicólogo especialista que da sesiones personalizadas y dirigen talleres y encuentros. Esa atención personalizada dada por un especialista formado en este tipo de trastornos evita, por ejemplo, que en un grupo de jóvenes comiencen a compararse entre sí, o que solo hablen de su aspecto exterior y no de sus problemas reales. La obsesión por el físico, contar calorías, utilizar bolígrafos para medirse el lateral del torso, agarrarse la muñeca con los dedos para saber que no pueden engordar más, compararse de forma obsesiva con el cuerpo de otras personas, hacer ejercicio sin parar, tomar café en cantidades colosales o fumar; todo con tal de bajar de peso.

Otras asociaciones no pueden pagar siquiera a un psicólogo y recurren a bolsas de especialistas para que los padres y madres accedan a ellos, «pero no es lo mismo», explica Leire Cuevas. «Primero porque no todo el mundo puede pagárselo y, segundo, porque el primer contacto, la atención personalizada, son muy importantes. Hablamos de personas que desconocen qué enfermedad tienen». La alternativa es la búsqueda en la red, la cual puede no ayudar, ya que gran parte de las afectadas por algún trastorno de la conducta alimentaria acaban en páginas web pro Ana y pro Mía (pro Anorexia y pro Bulimia): son páginas que dan consejos y trucos para perder peso. Según la Asociación contra la Anorexia y la Bulimia (ACAB), en su estudio “Mesa de Diálogo para la prevención de TCA”, celebrado en julio del año pasado, el 60% de estas personas enfermas buscan y encuentran estos contenidos que ponen en riesgo su salud.

Desde Acabe-Araba añaden dos datos muy relevantes. El primero es insistir en que los TCA son muchos y variados. Debemos empezar a hablar de más cosas además de la anorexia y la bulimia. A saber que comemos de forma emocional, que la comida es algo importante no solo desde el punto de vista nutricional. «Por ejemplo, en 2017 tuvimos acogidas masivas de trastornos por atracón. Algo que no habíamos visto y que ahora son muy frecuentes», asegura. «Los TCA tienen un espectro muy grande. A veces te encuentras con una persona que tiene una parte de anorexia, otra de bulimia y otro tanto todavía por conocer». El segundo dato es no menos importante. Son un número muy reducido pero que no debe olvidarse. «Algunos jóvenes piensan en el suicidio», afirma. Si piden ayuda, lo cual ya es un primer gran paso, es vital no fracasar antes siquiera de empezar ese proceso. Son, a grosso modo, dos tercios los que se recuperan, lo que implica un tratamiento que dura años; otro tercio que mantiene los síntomas y un pequeño porcentaje que se vuelve crónico. «Seguimos aquí porque tratamos de no dejar a nadie fuera. Es muy difícil pero se puede salir», dicen.

Por razones como estas Nerea quiere hacer pública su historia, que se conozca, que se discuta. En sus notas manuscritas habla de su lucha: «Suena loco, lo sé, pero siento que hay dos almas dentro de mí. Las dos luchan por vivir, y luchan porque ambas quieren quedarse aquí, pero no quieren compartir. Una es humana, dulce y delicada, sueña con ser una persona como cualquier otra; la otra no sé de dónde viene, pero es fría y despiadada. Además, nunca da la cara». Para los que dudan de las consecuencias reales de esta historia, Nerea explica sus secuelas: «Tengo 23 años y ya padezco epilepsia, osteopenia (pérdida de masa ósea), amenorrea (falta de ciclos menstruales), cuadro disociativo, depresión y ansiedad. He perdido amigos, parejas, etapas de mi vida, a mi familia tal y como la conocía. Y a pesar de todo, cuando estaba en lo peor, no me acuerdo de mucho, estaba muriéndome, pero recuerdo una voz en mi cabeza diciéndome, ‘eres la mejor anoréxica del mundo, lo estás haciendo genial, nadie puede contigo, si la vida no quisiera que fueses anoréxica, no te habría dado tanta fuerza de voluntad. Eres perfecta, buen trabajo, no has fallado’. Aún en mi proceso de recuperación sigo escuchando voces que me dicen cosas así, que me animan a tirar la toalla de la vida, y sé que, probablemente, siga teniendo una parte anoréxica dentro de mí, pero también hay una que lucha por la vida, y no se va a cansar de hacerlo».