01/03/2020

Reportaje
Desafiando las normas para impulsar los cambios
Irán, El velo y sus mujeres
Catalina Gómez Ángel
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Mientras espera a que el tráfico fluya en una de las avenidas de Teherán, Reihane Taravati aprovecha para mostrar el video que le puso en problemas con las autoridades años atrás cuando con un grupo de amigos hicieron una parodia de la canción “Happy” de Parrel Williams en la que Reihane, que entonces tenía 23 años, se ve con un pequeño pañuelo que le dejaba parte de su cabello al aire, los labios pintados de rojo y una camisa azul bailando y cantando “…quiero ser feliz…”. «Ese video era para unirnos a la campaña del día mundial de la felicidad, queríamos mostrar que las nuevas generaciones de iraníes son relajadas, divertidas y que nosotros también conocemos la década de los ochenta y nos divertimos con su música», cuenta Reihane, que va camino a visitar a uno de los clientes a los que desde su compañía les maneja su estrategia en las redes sociales.

Con una sonrisa que no abandona ni cuando el tráfico es insoportable –«a veces me desplazo en moto- taxis porque de lo contrario nunca llego a las citas»–, Reihane hace énfasis en que las redes, especialmente Instagram, han ayudado a comunicar a los jóvenes iraníes con el mundo, pero al mismo tiempo han sido una plataforma para que cada vez más mujeres como ella puedan crear sus propios negocios y ser independientes. «Cada vez conozco más mujeres y jóvenes que trabajan para ellas mismas y esto me produce una gran alegría, pues cinco años atrás la situación no era la misma. Cuando visitaba una empresa para presentar los servicios de mi compañía, su aproximación hacia mi era diferente en comparación a la de hoy, la situación en ese aspecto es mucho mejor», dice esta joven iraní, al tiempo que destaca que los cambios en la sociedad, especialmente respecto a las mujeres, se pueden sentir en muchos aspectos.

Tal vez uno de los más evidentes es la cuestión del hejab, que es de uso obligatorio en Irán desde la victoria de la Revolución Islámica en 1979. Por aquel entonces un gran sector de la sociedad iraní –que incluía a laicos, religiosos, izquierdistas, clérigos, universitarios y muchísimas mujeres– salió a la calle para luchar contra la dinastía del Shah Mohammad Reza Pahlavi, que entonces reinaba en Irán. Sus clamores eran múltiples y muy diversos, pero les unían sus ansias de libertad, menor desigualdad social y mayor independencia en el campo internacional, especialmente respecto a Estados Unidos, que era el principal sostén de la monarquía. En aquellos años, esos sectores unieron sus fuerzas en torno al ayatollah Jomeini, un clérigo exiliado años atrás por sus críticas al Shah , y que terminó liderando la revolución que terminaría por desencadenar en una República islámica. Este nuevo sistema trajo grandes consecuencias para las mujeres que, con el paso de los años, se han ido enfrentando al sistema para luchar por sus derechos, entre ellos el poder decidir libremente si quieren cubrirse la cabeza.

Movimiento social. Hasta hace un año, las mujeres que dejaban caer el velo en público, especialmente en la calle, eran recriminadas o detenidas por las autoridades. Incluso llegaban a ser atacadas por algunas personas leales al sistema que defienden la idea de que el velo no solo protege la moral de las mujeres, sino que también es uno de los pilares de la República Islámica. Pero la situación ha ido cambiando –mayoritariamente en Teherán, desde donde se lideran los cambios del país–, desde que en enero de 2018 varias jóvenes, cada una por su cuenta, decidieron quitarse el velo e izarlo en la calle a plena luz del día.

Este movimiento pasó a conocerse como las mujeres de la avenida Enqelab o Revolución y, si bien muchas de ellas fueron detenidas y castigadas por sus actos, su iniciativa motivó a miles de mujeres más a desafiar las normas. Cada vez es más frecuente ver que cuando alguna mujer es detenida o recriminada por su manera de vestir, la sociedad reacciona para protegerla. Muchos de estos actos quedan registrados en videos que más tarde son distribuidos en las redes sociales, especialmente a través de la campaña “mi móvil es mi arma”, impulsada por la periodista iraní exiliada en Estados Unidos, Masih Alinejad. En estas imágenes se puede ver cómo muchas jóvenes se enfrentan a quienes las recriminan por su velo o cómo la sociedad reacciona cuando las autoridades quieren detener a una mujer.

Pero esta no ha sido una lucha fácil y de eso sabe mucho la abogada Nasrine Soutudeh, que se había convertido en la defensora de las mujeres que a comienzos de 2018 decidieron izar sus velos en las calles de Teherán en señal de protesta. En junio pasado esta reconocida abogada, cuyo trabajo fue destacado por la Unión Europea en 2012 con el premio Sakharov a la libertad de pensamiento, fue detenida por diversos motivos, entre ellos la defensa de estas mujeres de las que ella se había vuelto la voz visible. Otras ocho defensoras de los derechos humanos y de la mujer también fueron detenidas el año anterior. Los cargos presentados contra Soutudeh, que incluyen propaganda en contra del Estado y promoción de la corrupción y la prostitución, terminaron en una condena extremadamente dura incluso para los estándares iraníes: 38 años de prisión y 148 latigazos.

Las normas sociales en Irán están definidas por la ambigüedad, y la presión nunca es homogénea. Hay épocas en que las libertades dan un poco de respiro y otras donde las restricciones vuelven a hacerse mayores. Todo depende de la situación política del país, donde el choque entre aquellos que tienen una visión más rigorista de la sociedad se enfrenta a aquellos que, si bien son parte del sistema, apoyan reformas y mayores aperturas en diversos campos, incluidos los comportamientos sociales. Esto hace aún más complejo explicar el día a día de este país lleno de matices y cuya sociedad, gracias en parte al empuje de las mujeres, se ha ido transformando en las últimas décadas a un ritmo que sus dirigentes son incapaces de detener.

Responsabilidad. Son ellas quienes, a pesar de tener las leyes en su contra, ejercen mayor presión frente al régimen para impulsar los cambios. Lo irónico es que también ellas tuvieron gran responsabilidad en la victoria de la Revolución Islámica de 1979, que terminó imponiendo una legislación y unas normas en los comportamientos que al final fueron en su contra, incluso de aquellas más religiosas y defensoras de la República Islámica que aceptaron con gusto algunas normas como la imposición obligatoria del velo.

Desde entonces, la legislación pasó a estar en contra de la mujer en muchos aspectos. Su vida y su palabra, por ejemplo, pasaron a valer la mitad que la de un hombre. Si una mujer quería divorciarse tenía que depender de la voluntad de su marido y, si quería acceder a un trabajo, casarse o salir del país, necesitaba del permiso del hombre a su cargo. A pesar de que en las dos últimas décadas la lucha se ha hecho más visible con decenas de iniciativas que tratan de visibilizar los problemas de la mujer y algunas modificaciones en la legislación sobre temas relacionados con las dotes o las herencias, su posición todavía está lejos de ser igualitaria. A esto se suma que el importante sector de la sociedad, que defiende ideas rigoristas no cree en la idea de que la mujer sea parte activa del desarrollo de la sociedad.

Pero, paradójicamente, si bien la Revolución trajo consecuencias negativas para las mujeres tanto en lo social como a nivel legal, en estos 40 años hasta el sector más religioso y tradicional ha interiorizado avances en el acceso de la mujer a posiciones otrora vedadas a ella dentro de la sociedad. Ejemplos hay muchos. Mientras las abogadas fueron vetadas en el campo judicial, un gran número de mujeres tuvo acceso a la educación y la tasa de mujeres con estudios universitarios se disparó.

Representación política. Desde la Revolución, especialmente desde el fin de la guerra con Irak que tuvo lugar entre 1980 y 1988, el acceso de las mujeres a las universidades se disparó hasta alcanzar más del 55%. Con ello también aumentó su participación en el ámbito laboral. Los padres de familias más religiosas, que antes no aceptaban que sus hijas salieran de sus casas porque no se sentían seguros, aceptaron que sus hijas tuvieran mayor educación. Pero estos avances también están marcados por los sinsabores. El desempleo es especialmente sangrante entre las mujeres y su representación en los cargos y ámbitos de decisión, sobre todo en el campo político, siguen siendo mínima.

Actualmente, 17 de los 290 escaños del Parlamento están ocupados por mujeres, una cifra que se puede analizar desde dos puntos de vista. La positiva, que nunca antes, en los 40 años de Revolución, había habido tantas mujeres parlamentarias. Y la negativa, que su representación solo alcanza el 6%, un ejemplo de las contradicciones en el balance de poder en el país. El sistema de gobierno que se originó después de la Revolución es un modelo teocrático en el que se combinan procesos democráticos con autocráticos. El poder máximo está en manos de figuras religiosas a las que se les da el nombre de Líder Supremo, cargo que fue ocupado por el ayatollah Ruhollah Jomeini hasta su fallecimiento, en 1989 ,y por Ali Jamenei, que está al mando desde entonces.

El Líder Supremo –que es elegido por un comité experto de clérigos que a su vez son elegidos por voto popular– tiene la última palabra sobre los aspectos más importantes del país y es a él a quien se subordinan todas las fuerzas del Estado. Las instituciones democráticas están lideradas por el Parlamento y su presidente, que son elegidos por voto popular, pero no sin que antes su nombre haya pasado por el escrutinio de un consejo de guardianes que se cerciora de que los candidatos sean los suficientemente religiosos y «revolucionarios». Miles de nombres son rechazados en el proceso de selección previo a las elecciones.

Si bien el Gobierno tiene bajo su control las políticas económicas y sociales, entre otras, estas decisiones pueden ser boicoteadas por otros elementos del régimen. De ahí se explica que gobiernos considerados «aperturistas» en aspectos sociales, como el del actual presidente Hassan Rohani, no logren sacar adelante muchas de las reformas sociales que se proponen.

Un ejemplo: la propuesta de que al menos el 30% de las nuevas contrataciones que se hagan en los cargos públicos estén cubiertos por mujeres está lejos de concretarse. «Irán todavía es una sociedad patriarcal y esta visión se hace más evidente en estos procesos de elección, no solo desde el punto de vista de quien tiene el poder de elegir, sino también de aquellos que deciden presentar sus nombres para ser elegidos», explica la parlamentaria Tayebeh Siavashi en su oficina en el Parlamento iraní, donde trabaja acompañada de su equipo, conformado solo por mujeres. El sector rigorista eñala que la participación de la mujer ha ido en contra de los valores familiares en Irán y que es una de las razones de que el número de matrimonios haya disminuido y los divorcios hayan aumentado.

Siavashi, experta en política internacional, forma parte de un grupo de mujeres independientes, algunas de ellas académicas e interesadas en el desarrollo de la mujer, que se presentaron a las elecciónes al Parlamento en 2016 con el objetivo de lograr el mayor número de votos posibles. «Si bien no hemos tenido grandes logros, sí hemos tenido victorias a menor escala, especialmente en legislaciones relacionadas con los menores y los jóvenes. Esto me hace muy feliz, especialmente porque estas reformas estuvieron en el Parlamento durante once años y finalmente hemos logrado que se aprueben algunas leyes», afirma Siavashi, quien añade que el mayor problema actualmente en Irán es que las mujeres no conocen sus derechos.

Un ejemplo es que bajo la ley iraní, las mujeres pueden especificar sus derechos a la hora de casarse, lo que incluye aspectos como no necesitar permiso del marido para salir del país o para poder ascender en un puesto de trabajo. Sin embargo, siguen siendo pocas las que son conscientes de ello y mucho menos las que se atreven a ejercerlos por motivos que incluyen la presión familiar.

Distancias entre familias. Fakrhosadat Mohtashamipour, quien en 1979 era una joven revolucionaria que participó activamente en las manifestaciones para derrocar a la monarquía que gobernaba entonces, se ha dedicado en las últimas décadas a impulsar los derechos de las mujeres y a dar apoyo a pequeñas empresarias. «Si bien aquellos que defienden los puntos de vista más represivos se oponen a que las mujeres alcancen altas posiciones, la opinión pública no tiene problema con ello. Una gran parte de la sociedad ha entendido que la mujer tiene que trabajar al lado del hombre para poder alcanzar ciertos grados de desarrollo», dice esta mujer nacida en el seno de una familia extremadamente religiosa, y con la que tiene muchas diferencias.

Su esposo, el político reformista Mustafa Tajzadeh, estuvo en prisión como consecuencia de la cadena represiva que se desató en Irán después de las elecciones presidenciales de 2009, en las que el expresidente Mahmoud Ahmadineyad fue reelegido bajo un manto de dudas. Tajzadeh, hoy en libertad, se convirtió en uno de los mayores críticos de la República Islámica, un hecho que hizo que Fakrhosadat se distanciara de su familia. Su trabajo con diferentes organizaciones relacionadas con la mujer la salvó de caer en una gran depresión.

«He sido testigo de que el patriarcado ha dejado de ser un valor para convertirse en un antivalor. Incluso si muchos padres defienden esta posición de dominación, les ha tocado quedarse callados porque la juventud en Irán ya no acepta esta opresión en la familia o en la sociedad. Es más, ya hemos visto en el pasado que si la represión es muy grande, lo que hacen los jóvenes –hombres y mujeres– es quedarse callados por un tiempo, pero al final siempre encontrarán la manera de expresarse», dice Mohtashamipour, madre de dos hijas.

La bicicleta, una odisea. Mehri Jamshidi forma parte de este inmenso grupo de jóvenes altamente cualificadas que se quedó sin trabajo por las crisis de los medios locales. Es fotógrafa y también una de las pocas mujeres que se enfrenta al tráfico de Teherán en bicicleta. «Cuando empecé a ir en bicicleta tenía mucha vergüenza. Quería hacerlo, era mi sueño, pero me daba vergüenza hacer algo mal y caerme frente a la mirada de todos», señala.

Mehri ha llegado pedaleando hasta el café donde nos encontramos. Ha tardado más de una hora en recorrer 8 kilómetros, pero lo hace sin problemas. La bicicleta, más que un vehículo, es una terapia para ella. Cuando siente que se va a deprimir, o cuando la cabeza no para de darle vueltas –algo que le pasa con frecuencia–, sale a pedalear a la calle. Lo hace sin casco, es incapaz de combinarlo con el velo. Con la tela en la cabeza se siente torpe e insegura. Así que cubre su cabeza con una bandana debajo para impedir quedar con el pelo al aire y encima se pone el casco. Pero no es fácil, reitera que Teherán no es una ciudad hecha para hacer deporte, especialmente para las mujeres.

Cualquier deporte tiene que hacerse con velo y con el cuerpo totalmente cubierto. Esta regla fue un obstáculo para decenas de deportistas, incluidas futbolistas, que encontraban dificultades para participar en torneos internacionales sin romper las reglas de vestuario. Esto ha cambiado en los últimos años, pero algunas limitaciones siguen teniendo gran impacto en las mujeres. Los estadios les han sido vetados por décadas, incluso a las periodistas, y solo hasta hace unos meses atrás las normas se han empezado a flexibilizar, siempre con retrocesos. Si bien algunas mujeres han podido presenciar partidos internacionales de la selección iraní, la liga local sigue siendo netamente masculina. Muchos clérigos y políticos radicales siguen convencidos de que estos escenarios no son apropiados para una mujer. Argumentan que las tradiciones y la estructura familiar se pueden corromper si tienen acceso a este tipo de escenarios. Para esta mentalidad conservadora todos los avances de la mujer son una amenaza, pero eso no es un impedimento para que ellas sigan luchando.

Tal como lo hace Ameneh Shirafkan, una periodista, abogada experta en relaciones internacionales, feminista, activista por los derechos de la mujer, twittera y ciclista que defiende la teoría de que los cambios en la sociedad se dan con ejemplos. «Soy una convencida de que cada mujer debe ser un pequeño modelo de transformación de la sociedad», concluye.