31/05/2020

La vivienda de las cien manos
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBENIZ
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De la crisis sanitaria de 2020 saldrá no poca literatura social y científica y la arquitectura, en algún punto en medio entre ambas ramas del conocimiento, también se llevará su parte de reflexión. Hemos percibido nuestras casas como auténticas secuestradoras de nuestra libertad y esta prueba de estrés que hemos hecho a nuestros hogares ha tenido resultados desiguales; en algunos casos hay quien ha caído enamorado de su nido, en otros hay quien ya está mirando portales de compra y venta de casas buscando algo con jardín o terraza, y hay quien sigue con una especie de síndrome de Estocolmo arquitectónico, sin querer salir del nido.

Las casas son animales muy sensibles a los cambios, porque la sociedad muta con mucha facilidad, pero nuestros hogares no. En ese desacompasamiento, surgen complicaciones varias; hasta ahora, el espacio urbano –público–, y el espacio doméstico –privado– han sido complementarios. Es decir, si tu salón de casa no te permitía reunir a las veinte personas que componen tu familia para celebrar tu cumpleaños, optabas por quedar en la plaza del pueblo, en el parque infantil, en el merendero de la playa. Tanto la arquitectura como la ordenación de territorio estaban planteados con esa complementariedad, de ahí que, por ejemplo, la prohibición de ir a las segundas residencias ha puesto de relevancia la falta de espacios públicos libres y de calidad en las ciudades.

Esa complementariedad de espacios es muy importante, porque hace que las reducidísimas dimensiones de nuestras casas en espacio urbano sean tolerables; la gente sale de casa para tomar el aire, para despejarse, aunque luego vuelva a compartir habitación. El problema viene, tal y como se ha comprobado en el confinamiento, cuando no puedes salir de casa.

El proyecto que traemos hoy a colación nos habla de la dificultad intrínseca de las viviendas para adaptarse, pero también de la necesidad imperiosa de hacerlo, y nos sirve para entender cómo el proyecto de vivienda puede –y debe– adaptarse a las necesidades de las personas y no al contrario. Titulado “Refugio II” y diseño del estudio belga Wim Goes Architectuur, habla de viejas y nuevas maneras de habitar desde un lenguaje moderno, social y medioambientalmente comprometido.

El proyecto, que data de 2014, tiene detrás una de esas historias que explican sus formas mejor que cualquier teoría recogida en un libro polvoriento. El arquitecto Wim Goes cuenta cómo a su cliente le fue diagnosticada una esclerosis lateral amiotrófica (ELA), enfermedad que afecta al sistema nervioso y produce una parálisis muscular progresiva. En esos casos, los pacientes de ELA deben acometer obras de adecuación de sus hogares, frecuentemente costosas y engorrosas. El cliente quería una reforma de su casa para hacer frente a las nuevas necesidades de silla motorizada, etc.

Siendo una enfermedad sin tratamiento, el factor temporal cobró importancia. La reforma de la vivienda principal parecía inviable ya que, previsiblemente, la movilidad iba a verse afectada y eso requeriría en la práctica eliminar casi toda la distribución existente de la vivienda actual.

Energía positiva. Tras consultar con el ergoterapeuta, se optó por “invadir” el garaje contiguo, dejando la estructura de hormigón prácticamente desnuda y creando unos nuevos muros. Se planteó una distribución libre, que estuviera separada tan solo mediante un cortinaje para dotar de cierta intimidad visual a las estancias. La vivienda se organizaría alrededor de la habitación, teniendo a un lado la zona privada –lavabo y ducha–, y al otro lado una salita.

Pero faltaba algo. ¿Cómo imprimir a una casa construida de urgencia y con un motivo emotivamente tan fuerte una energía positiva? La idea de que esa casa iba a ser el paso de una vida normal a otra condicionada por la enfermedad comenzó a moldear el proyecto, y se pensó que debía de haber una conexión entre ese espacio y las personas de la vida del cliente. Se decidió hacer partícipes a amigos y familiares del proyecto, y usar la figura de los auzolan para juntarse en verano y construir entre más de cien personas el nuevo hogar de su ser querido.

Para ello, se usó una técnica consistente en crear muros de cerramiento rellenos de paja y marga, es decir, adobe. El material, local y fácilmente manipulable sin peligro y sin conocimientos de construcción previo, permitió, siempre con una supervisión de profesionales, que las personas allegadas se sintieran parte del proyecto y la casa se construyera no solo en el plano material, sino también en el de las emociones y los recuerdos.